Enamorarse es un acto de hulmidad

Giving a helping hand, and active fit lifestyle concept.

Enamorarse de verdad es decirte “te necesito”.

Ayer leí un texto que me emocionó, y lo comparto, porque es paradógicamente maravilloso. Es del P. Rainerio Cantalamessa, en su libro La sobria embriaguez del Espíritu. Te invito a leerlo y meditarlo con calma, estés o no casado.

Quisiera aludir ahora a algunos de los aspectos en los que la humildad resulta particularmente necesaria. Ante todo, el de la fa​milia: cómo y porqué ser humildes en el matrimonio.


Yo digo que la humildad ha sido inventada por Dios también para salvar a los matrimonios. El matrimonio, entendido como el amor entre el hombre y la mujer, nace de la humildad. Ena​morarse de otra persona -cuando se trata de verdadero enamoramiento- es el acto de humildad más radical que uno se pueda imaginar. Significa dirigirse a otra persona y decirle: Yo no me basto a mí mismo, no soy suficiente a mí mismo; necesito tu ser. Es como tender la mano y pedirle a otra criatura la limosna de un poco de su ser. Repito: es el acto de humildad más radical. Dios ha creado al hombre necesitado, mendigo; ha grabado la humildad en su misma carne, cuando los ha creado varón y mu​jer, es decir, incompletos. Ha hecho, desde el principio, a dos se​res en movimiento, que se buscan el uno al otro, “insatisfechos” cada uno de sí mismo. Ha puesto así a la criatura humana como sobre un plano inclinado hacia arriba, no hacia abajo, porque la unión tenía que elevarla desde el otro sexo hacia el Otro por ex​celencia, que es Dios mismo.


Por tanto, el matrimonio nace de la humildad, y si nace de la humildad de la condición humana no puede sobrevivir más que en la humildad. San Pablo decía a los esposos cristianos: “Revestíos, pues, de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Soportaos mutuamente y perdona​ os cuando alguno tenga motivos de queja contra otro” (Col 3, 12ss). La humildad y el perdón son como el lubricante que per​mite, día a día, disolver todo comienzo de herrumbre y abatir los pequeños muros de incomprensión y resentimiento, antes de que se conviertan en grandes muros que ya no se pueden derribar. Los esposos han de ser vigilantes, para que el “otro padre”, el bastar​do, no instaure entre ellos la lógica de la venganza, de la revan​cha… No hay que hacer caso a la voz que grita por dentro: ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que cede, el que se humilla? Ceder no es perder, sino ganar, vencer al verdadero enemigo del amor que es nuestro egoísmo, nuestro “yo”.

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