La familia ¿en el centro de la atención de la Iglesia?

familia en mejora

Reflexiones después de un Sínodo sobre la familia

Me da la impresión de que una de las mayores tentaciones de la Iglesia es quedarse mirando. Mirándose a sí misma (su organización, su historia, su doctrina, sus seguidores o detractores, etc…) o mirando a Dios, pero un Dios cosificado, idealizado, rígido, no ese Dios real y viviente que está continuamente mirando al hombre, ese Dios vuelto hacia el hombre, ese Dios que siempre está buscando al hombre en su realidad concreta y vital, a veces sangrante, a veces gozosa, hecha de materialidad y de espiritualidad, de los afanes concretos de supervivencia y de búsqueda de sentido de la vida y de felicidad.

Sabemos que la Iglesia “institucional”, su jerarquía, no es toda la Iglesia. La Iglesia somos todos los que seguimos a Jesús, seamos laicos o curas, monjas, obispos. La Iglesia somos todos; y en ella algunos tienen una función de servicio a los demás. Y de eso se trataría, de que sirvan, de que sean útiles, de que presten el servicio que Dios les pide y que los demás necesitan. Pero la Iglesia somos todos, no solo las jerarquías.

Bien, pues esta Iglesia que debe estar continuamente “en salida”, en actitud y actos de servicio, como dice tantas veces el Papa Francisco, se ha propuesto en los últimos años prestar especial atención a la familia, a las familias, a esa dimensión fundamental de la vida de cada uno de nosotros. Para eso se convocó y celebró un Sínodo, una reunión de todos los obispos, que tuvo dos partes fuertes: la asamblea extraordinaria de 2014 y la asamblea ordinaria de 2015. Como siempre, estas asambleas publican un documento que recoge las deliberaciones y las conclusiones y propone pautas de acción. Pero los documentos pueden quedarse en simple papel y bellos discursos llenos de intenciones y reflexiones. O pueden ser programas de acción, guías de nuestro obrar cotidiano y concreto.

Estas reflexiones que ofrezco ahora nacen de mi intento de pasar a la acción, gracias a la invitación que Dios nos hace de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia.

familia en dificultad

  1. Esto de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia, ¿es una corazonada pasajera, una moda? ¿O es realmente central, básico, estable?

La comunidad de los que creemos en Jesús vive en una continua tensión dinámica de mirar hacia Dios y hacia el hombre. De hecho, es la tensión en la que vive todo hombre, que no puede no mirarse a sí mismo, buscar su felicidad y realización, pero que percibe que eso lo logrará sólo saliendo de sí mismo, aceptando su dependencia de Dios y viviendo armónicamente su relación de fraternidad con los demás.

Como enseñan la antropología, la psicología y la sociología, el hombre nace, crece, se desarrolla, se realiza en relación con su entorno, con sus semejantes, en su familia. La vida familiar es tan determinante, que no hay ser humano sin familia, sin pater-maternidad, sin fraternidad, sin filiación, sin relaciones de afecto y parentesco.

Incluso la experiencia religiosa está muy marcada por la experiencia de la familia, no solo por lo que en ella aprende o no de la religión, sino porque al Dios Amor que nos ha creado lo experimentamos a través del amor incondicional de los demás. Quien no ha recibido en el seno de la familia el amor incondicional, protector, misericordioso, tiene serias dificultades para entablar una relación filial y de amistad con Dios. La familia es el nicho más cálido y satisfactorio para el hombre. Si falla la familia, falla el hombre.

No hace falta insistir en la importancia de la familia bien constituida y armoniosa. Pero sí es necesario detener la mirada del corazón y de la acción en esta realidad, pues con frecuencia dejamos de valorar, de cuidar, de mimar las cosas básicas, importantes, cotidianas. Precisamente este es el intento de la Iglesia al llamarnos la atención sobre este tema con el Sínodo: que el cuidado de la familia sea siempre prioritario, activo, constante. ¿Tarea difícil, imposible? Al menos hay que intentarlo.

2. ¿Qué dice el Sínodo?

El documento final del Sínodo se articula en tres partes: 1ª La Iglesia a la escucha de la familia; 2ª La familia en el plan de Dios y 3ª La misión de la familia.

La segunda parte es una recopilación de la doctrina de la Iglesia sobre la familia. Nada nuevo, doctrina tradicional, lo de siempre. Porque el hombre y la familia son lo que son desde siempre, por naturaleza. Con el pasar de los siglos la humanidad ha ido profundizando en el conocimiento de todas las realidades, incluidas las humanas y espirituales; pero esas realidades naturales no cambian, no han cambiado ni un ápice. Telegráficamente podríamos resaltar varios elementos de esta doctrina o concepción de la familia según la Iglesia: la centralidad del amor en el ser humano; el matrimonio como donación del hombre y la mujer en comunión total; características del matrimonio: fidelidad, indisolubilidad, apertura a la vida; la sexualidad como manifestación del amor; matrimonio natural y sacramental; dificultad de vivir en plenitud el amor familiar por la tendencia al pecado, al egoísmo; Dios rescata, eleva y plenifica el amor humano.

La tercera parte del documento expone algunas pautas de cómo la Iglesia debería renovarse para estar al servicio del hombre y de la familia. Son propuestas generales que hay que bajar a la práctica.

Pero ahora la parte que más me interesa ahora es la primera porque nos enseña a no tomar como punto de partida único y exclusivo la doctrina, el “deber ser”. Ciertamente no debemos perder esto de vista. Pero miremos, escuchemos primero la realidad, “lo que es, lo que hay ahora”, la familia como está, con sus sombras y luces, con sus dolores y alegrías. Mirar sin juzgar, mirar sin prejuicios, mirar no para ver lo que queremos ver, sino para encontrarnos, descubrir y valorar lo que hay en el mundo ahora.

3. La Iglesia a la escucha de la familia

¿Qué es y cómo está hoy la familia? ¿Qué dicen las familias de sí mismas? Eso es lo que la Iglesia, lo que los creyentes debemos y queremos escuchar. Bueno, pues escuchemos y miremos a las familias reales y concretas.

Como en el Sínodo no solo participaban obispos, sino también laicos muy implicados en las realidades familiares (ellos mismos familias, matrimonios, y también expertos en acompañamiento y terapias familiares), el documento final refleja -creo que bastante bien- la realidad de cómo están las familias hoy. Y además también hay que reconocer que muchos obispos sí son muy cercanos a la gente y conocen de primera mano las situaciones de la calle.

Todos, según las encuestas, valoramos mucho la familia y la consideramos como la institución más fiable y necesaria, pero luego no la cuidamos tanto como debiéramos. Todos buscamos y necesitamos los vínculos familiares pero éstos a la par sufren mucho por el individualismo y por la presión de situaciones laborales, culturales y políticas.

La cultura dominante en occidente exalta mucho el individualismo, la búsqueda del placer y la libertad como libertinaje. Esto trae como consecuencia la falta de compromiso en las relaciones, la poca capacidad de sacrificio, el desprecio de los derechos de los demás, es decir, vínculos flojos, familias poco estables, poco abiertas a la vida.

Hay además tendencias culturales fomentadas “interesadamente”, con fuerte sesgo ideológico: el feminismo exagerado (la mujer enfrentada al varón, y el varón enfrentado a la mujer, no en relación de paridad, complementariedad y mutua ayuda, sino en competencia desleal) y la ideología del “género” que ignorando la diversidad natural (biológica, psicológica y espiritual) del hombre y la mujer “construye” y da por buenos otros modos de relación.

Las condiciones socio-económicas no siempre son favorables a la familia: migraciones forzosas que desarraigan y separan familias; condiciones laborales que impiden a los cónyuges dedicar el tiempo, las energías y el afecto necesario para el matrimonio y los hijos; economía precaria para sostener a los hijos y a los mayores; pobreza extrema; explotación de la mujer y visión consumista de su cuerpo.

Desde el punto de vista moral y religioso, la vida íntima de las familias tiene muchas dinámicas que no siempre funcionan bien: madurar en el amor conyugal (pasar del enamoramiento y la atracción al amor como compromiso y entrega mutua tota); la aceptación de la debilidad de los otros (enfermedad física o psíquica, vejez o niñez); el esfuerzo por crecer juntos en los propios roles en la prosperidad y en la adversidad; el perdón y la mutua ayuda para vencer las debilidades; la generosidad para darse incondicionalmente.

Todo esto se va dando a lo largo de la vida de las personas y de las familias: soltería, noviazgo, maduración del matrimonio, llegada, crecimiento y partida de los hijos, viudez, orfandad, enfermedades, duelos, éxitos y fracasos laborales, vivencias religiosas y culturales, etc…

Hoy hay familias unidas y felices, con sus luchas, y hay familias que sufren mucho. En cada situación concreta hay amor y egoísmo, elecciones acertadas y equivocadas, actos heroicos y mezquinos. Cada familia está compuesta de seres humanos, y todos los seres humanos tenemos defectos y virtudes, momentos buenos y malos, somos capaces de lo mejor y de lo peor.

Hay familias que sufren por la infidelidad de uno o de los dos cónyuges, que han sufrido abandono o maltrato; hay familias monoparentales debido a causas muy variadas. Hay hijos nacidos de violencia o abandonados o abortados. Hay parejas homosexuales, hay poligamia. Hay matrimonios que se rompen o que han sido nulos. Hay engaños. Hay enfermedades psíquicas y fallos de maduración.

Hay presiones para no tener hijos y también a veces falta de educación y responsabilidad al tenerlos. Muchas familias cuidan con primor a sus seres queridos débiles y ancianos, otras los arrinconan o eliminan. Muchas familias constituyen un auténtico refugio ante adversidades económicas de parientes y amigos.

La legislación de algunos estados promueve y apoya la familia, y la de otros obstaculiza su función social humanizante.

4. ¿Qué hace o qué va a hacer la Iglesia por la familia?

Aunque la familia es un bien natural, es decir, que las personas no creyentes también la viven, la valoran y la defienden, a veces da la impresión de que la Iglesia, la comunidad de los creyentes, se queda sola en esta defensa y promoción de los valores familiares.

Que el amor entre un hombre y una mujer es el verdadero y único fundamento del matrimonio y la familia, que la vida es un derecho inviolable, que hay persona desde el momento mismo de la concepción, que el matrimonio es monogámico e indisoluble, etc… no son dogmas de la fe cristiana, son verdades de razón natural, y por eso la fe cristiana las respeta y defiende.

La experiencia religiosa además enriquece y potencia los valores familiares con un aporte muy significativo: Dios es amor, Dios es familia, y por eso nos enseña, anima y manda amar y defender el amor familiar. Pero no solo lo enseña desde lejos, sino que Dios en esa acción misteriosa e interior en cada hombre le lleva a necesitar y experimentar el amor como una fuerza maravillosa para vivir.

¡Qué bella y compleja es la familia! En ella hombre y mujer, adultos y niños, fuertes y necesitados, todos aportan y reciben, se apoyan y son apoyados. En ella no rige, o no debe regir, la ley de la competencia y del más fuerte, sino la ley del amor incondicional. Es un ideal excelso al alcance de todos, necesario para todos. Este proyecto y comunidad de amor tiene una riqueza tan grande que ilumina toda la vida del hombre. Por eso la Iglesia –y todo cristiano- debe esforzarse por sostenerla, alentarla y promoverla.

 

 

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