Gratuidad y gratitud

soñar 3

“Alerta estaré y las gracias daré”.

En Carta Encíclica Caritas in Veritate, el Santo Padre Benedicto VI nos viene a decir que las relaciones de gratuidad son mucho más positivas que las puramente mercantiles, ya que es con la caridad como se manifiesta el amor de Dios. Las personas nos encontramos en nuestra vida la gratuidad en muchas ocasiones, aunque suelen pasar desapercibidas, ya que en nuestra cultura se valoran más las relaciones de productividad, donde todo tiene un precio. Las relaciones de gratuidad son aquellas donde se hace algo por los demás sin esperar nada a cambio, cuando los padres cuidan a sus hijos, cuando nos ayuda un amigo, los voluntarios en obras benéficas…

Así, muchas veces no somos conscientes de esta gratuidad en está en nuestra vidas y en nuestra sociedad, ¿cómo vamos a experimentar entonces la virtud de la gratitud?, ¿cómo vamos a ser agradecidos si no lo valoramos? La muerte de Jesús en la Cruz fue un acto de gratuidad, darnos la vida, el cuidado de nuestros padres, el amor de los amigos, de la familia y un largo etcétera. Si somos los “hombres más afortunados del mundo”, ¿por qué no damos las gracias y nos quejamos de tantas cosas?

La frase “Alerta estaré y las gracias daré” es el lema semanal de nuestros hijos y está orientada a ellos, se supone que los mayores ya damos la gracias cuando corresponde, pero realmente no es así. Tendemos a asociar gratitud con “dar las gracias”, pero la gratitud es mucho más que eso:

  • Es darse cuenta y valorar lo que se recibe, lo que los demás están haciendo por nosotros.
  • Es reconocerse necesitado, lo que significa ser humilde. A veces nuestra soberbia hace que no nos dejemos ayudar. Creemos que somos autosuficientes y luego encima nos quejamos de que no nos ayudan. Es un hecho probado que “para ser agradecidos hay que ser humildes”.
  • Es dar el paso de dar las gracias. Este paso va desde el acto de cortesía de palabra hasta agradecer con actitudes, hacerle ver a esa persona que se merece nuestra gratitud, que nos ha gustado su ayuda y que la hemos valorado. Esto hay que hacerlo siempre de forma desinteresada, no cayendo en una relación contractual de pagar favores con favores. Como Jesús nos dice en el Evangelio, hay que invitar, no a los que creemos que nos van a invitar de vuelta, sino a los que no nos pueden corresponder. La gratitud sincera lleva siempre a una amistad más profunda, correspondida y enriquecedora.

Tenemos que dar gracias:

  • Primero a Dios. Dios nos ha dado tantos dones, a todos la vida y entre todos reparte muchos más como la familia, ambiente cristiano, la salud, la inteligencia, la bondad, la fe, la caridad, algunos tienen muchos de estos dones, otros menos, pero todos tenemos dones de Dios que agradecer.
  • Segundo, a los demás. Esto engloba tanto a los que tienen influencia sobre nosotros: nuestros padres, nuestros abuelos, como a los que están a nuestro mismo nivel, como nuestros maridos y amigos y también a los que dependen de nosotros, como nuestros hijos. Con nuestros hijos, qué mejor forma de aprender la gratitud si ven el ejemplo de que también somos agradecidos con ellos, que vean que les damos las gracias por decirnos algo bonito, por ayudarnos, por cumplir con sus obligaciones, por querernos, por obedecernos, es la mejor forma de que aprendan a demostrar la gratitud, más que repetirles constantemente ¿qué se dice?, aunque una cosa no quite la otra.

La gratuidad como base de la relación entre personas es mucho más rica y humanizante que la “compra-venta”, que la relación de justicia conmutativa. La justicia es necesaria, pero la base de las relaciones humanas, de la sociedad toda, es la gratuidad: una madre da gratuitamente.

Caritas in veritate, 29 junio 2009

6. La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo.

34. La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los orígenes.

36. El gran desafío que tenemos, planteado por las dificultades del desarrollo en este tiempo de globalización y agravado por la crisis económico-financiera actual, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad y la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo.

38. Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia.

EL HOMBRE MÁS AFORTUNADO DEL MUNDO

Me propongo demandar a la revista “Fortune”, pues me hizo víctima de una omisión inexplicable. Resulta que publicó la lista de los hombres más ricos del planeta, y en esta lista no aparezco yo. Aparecen, sí, el sultán de Brunei, aparecen también los herederos de Sam Walton y Takichiro Mori. Figuran ahí también personalidades como la Reina Isabel de Inglaterra, Stavros Niarkos y los mexicanos Carlos Slim y Emilio Azcárraga.

Sin embargo a mí no me menciona la revista. Y yo soy un hombre rico, inmensamente rico. Y si no, vean ustedes. Tengo vida, que recibí no sé por qué, y salud, que conservo no sé cómo.

Tengo una familia: esposa adorable que al entregarme su vida me dio lo mejor de la mía; hijos maravillosos de quienes no he recibido sino felicidad; nietos con los cuales ejerzo una nueva y gozosa paternidad. Tengo hermanos que son como mis amigos, y amigos que son como mis hermanos. Tengo gente que me ama con sinceridad a pesar de mis defectos, y a la que yo amo con sinceridad a pesar de mis defectos. Tengo cuatro lectores a los que cada día les doy gracias porque leen bien lo que yo escribo mal.

Tengo una casa, y en ella muchos libros (mi esposa diría que tengo muchos libros, y entre ellos una casa). Poseo un pedacito del mundo en la forma de un huerto que cada año me da manzanas que habrían acortado aún más la presencia de Adán y Eva en el Paraíso. Tengo un perro que no se va a dormir hasta que llego, y que me recibe como si fuera yo el dueño de los cielos y la tierra. Tengo ojos que ven y oídos que oyen; pies que caminan y manos que acarician; cerebro que piensa cosas que a otros se les habían ocurrido ya, pero que a mí no se me habían ocurrido nunca.

Soy dueño de la común herencia de los hombres: alegrías para disfrutarlas y penas para hermanarme a los que sufren. Y tengo fe en un Dios bueno que guarda para mí infinito amor. ¿Puede haber mayores riquezas que las mías? ¿Por qué, entonces, no me puso la revista “Fortune” en la lista de los hombres más ricos del planeta?

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