Confianza lúcida. La vida es así, llena de riesgo, incertidumbre y posibilidades

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Reseña y breve comentario al libro de José Andrés Murillo[1]

Tenemos entre manos una obra breve y jugosa que reflexiona con serena profundidad sobre esta dimensión de las relaciones humanas. Con sugestivas pinceladas traza los contornos y los contenidos de este “concepto tan esquivo como necesario”.

La confianza es la base para las relaciones sanas a todos los niveles: la familia, la política, la práctica pedagógica, la estabilidad de los mercados financieros, las sinergias en las empresas, la convivencia y colaboración ciudadana, etc. Ya sabemos que los grupos humanos construidos sobre el miedo y el poder son muy frágiles y una bomba de tiempo.

También, y sobre todo, la confianza es fundamental para la estabilidad y solidez de la personalidad.

Me parece muy acertado que el autor indique que la confianza surge solo de una ética, es decir, de unas decisiones personales y sociales de reconocerse y reconocer a los demás desde el respeto y la valoración.

El centro de la propuesta de Murillo es crear y defender espacios de luz entre las personas, para ver y dejarse ver desde el ejercicio de la propia libertad. Este espacio de luz está hecho de escucha activa, de preguntas, de dar cuentas ante los demás; está hecho de límites que eviten la ambigüedad y la confusión. Con esos límites las personas pueden cuidarse, comprometerse y entregarse con libertad. Este espacio también se concreta en roles y lugares específicos de cada uno, en relaciones que pueden ser simétricas (entre pares) o asimétricas (padres-hijos, docente-alumno, persona constituida en autoridad-tutelado, etc…).

La confianza ciega nunca debe ser una opción, pues la ceguera implica no ver, no querer ver; pretender la opacidad en las relaciones y la falta de discernimiento. En toda relación, simétrica o asimétrica, debe haber espacio para rendir cuentas, para pedir y dar explicaciones.

La persona experimenta las relaciones con todo su ser, y aquí la corporeidad juega un papel muy importante porque expresa y sostiene esa dimensión más intuitiva de la persona, que se siente segura y confiada principalmente por percepciones subjetivas, no por reflexiones racionales. Nos “sentimos seguros” en el yo integrado, cuerpo y alma, racionalidad y subjetividad afectiva-corpórea. Necesitamos sentir y poner nombre a los sentimientos, analizar lo que se siente y tomar posición frente a ello desde la verdad de uno mismo y la verdad del otro. Aquí realizamos un trabajo integrador de la persona. Integrar sentimientos, impulsos, razonamientos y decisiones.

El hombre necesita confiar en los demás porque es frágil, porque se sabe vulnerable y expuesto. No puede controlar y someter todo. La vida es así, llega de riesgos, incertidumbre y posibilidades. Y como seres sociales, necesitamos a los demás y los demás nos necesitan.

Este trabajo termina con un capítulo de capital importancia y actualidad: Confianza, sexualidad y abuso. . Es una agresión radicalmente distinta a todas las demás por realizar una intromisión al centro mismo de la corporalidad y de la existencia, ese centro que marca, condiciona, posibilita y orienta nuestro estar en el mundo junto a otros.

La sexualidad, esa dimensión donde se integra toda mi persona (mi pensar, mi sentir, mi transcendencia), donde se vivencia lo más íntimo, secreto y central de mi ser, solo se comparte delicada y cuidadosamente en momentos de suma confianza, respeto y libertad.

 

Resulta muy interesante leer un libro sin saber nada del autor, porque estás libre de prevenciones y prejuicios, simplemente porque te lo ha recomendado un amigo. Y cuando descubres que el texto tiene un contexto y un origen en experiencias personales fuertes, causa más admiración. Eso me ha pasado al conocer que José Andrés Murillo es uno de los denunciantes del caso Karadima, el sacerdote chileno que abusó de menores; que creó la Fundación para la Confianza, que “lucha contra el abuso sexual infantil a través de la prevención y el acompañamiento integral de víctimas”; que está comprometido y dedicado a regenerar la confianza en personas heridas.

Dios quiera que pueda hacer el bien con confianza lúcida, serena constancia y respeto humilde.

[1] Uqbar editores, Santiago de Chile, 2012

Del “Dios ha muerto” al “el hombre es dios” Evolución de la visión moderna del hombre y la religión

Reseña y comentario a

“De animales a dioses” (2013) y “Homo Deus” (2015)[1]

de Yuval Noah Harari

Por Jesús Pérez García [2]

Harari

Aprecio mucho los diálogos, debates e intercambios de argumentos porque enriquecen la mirada sobre el mundo y sobre el hombre. Interpelan la inteligencia y el modo de relacionarnos con todo lo que nos circunda.

Yuval Noah Harari propone en estos dos interesantes volúmenes una “breve historia de la humanidad” y una “breve historia del mañana”, pero considero que no hace solo una “historia” sino también y sobre todo una interpretación de la historia.

Ciertamente se basa en un gran acopio de datos históricos y va descubriendo esas trazas o líneas generales que unifican la mirada de tantos hechos históricos; así se logra una mejor comprensión de la historia. Cuando se tiene delante una multitud informe y caótica de datos y poco a poco se logra un panorama unificado y ordenado, ahí nace la comprensión de la historia, que tal vez no sea definitiva ni exhaustiva, pero sí al menos esclarecedora[3]. Por ello me parece que Harari nos ofrece un valioso estudio histórico y meta-histórico, un descubrimiento y puesta en valor de las notas características de las épocas y de los cambios de época.

Encuentro sobre todo en su primer libro un gran paralelismo de método con otros trabajos realizados por estudiosos que podríamos agrupar bajo el paraguas de fenomenólogos (bastantes de ellos también judíos como Harari): estudios aplicados sobre todo a asuntos humanos como el comportamiento, el conocimiento, la religión, las relaciones personales, la psicología y la misma historia.

Esta metodología pone el énfasis en ser muy respetuosa de los hechos, de los fenómenos, de los datos. Es muy científica en el sentido de empírica y apegada a la realidad de los datos que por sí mismos insinúan líneas de interpretación. Pero la interpretación siempre será un salto, un añadido con aporte de la subjetividad del intérprete.

Por eso el segundo volumen ya no es “historia”, sino como el mismo Harari dice “un intento de analizar los dilemas actuales y una invitación a cambiar el futuro”[4].

En esta reseña no me detengo a ponderar los méritos de análisis de los hechos y de las muchas buenas conexiones que muestran cómo el Homo sapiens ha ido evolucionando.

En el primer volumen, Harari nos invita a repasar las etapas del desarrollo de las culturas, de los pueblos. Tres grandes revoluciones articulan la historia de la humanidad: la revolución cognitiva (primera parte del libro), la revolución agrícola (segunda parte) y la revolución científica (cuarta parte). En la tercera parte desentraña los factores que permitieron la unificación de la humanidad.

En el segundo volumen, el autor diserta sobre los grandes temas que él considera vertebran la historia pasada y por tanto también el futuro: qué es el hombre (primera parte), el sentido de la vida o la religión (segunda parte), y la construcción del futuro (tercera parte).

Pero cuando el historiador se aventura a interpretar, cuando la recopilación y organización de los datos le impelen a “filosofar”, ahí se aprecian los preconceptos del autor sobre ciertos temas y al salirse de su ámbito de competencia ofrece no ya datos “científicos” sino opiniones interpretativas. Tienen su valor y su mérito y son tan dignas de consideración como las opiniones de otros estudiosos. Y aquí continúa el diálogo.

Me parece muy interesante todo este recorrido porque el autor pone en palabras y en razonamientos lo que piensa y vive “la modernidad, el hombre moderno”, ese hombre que ha subido por la escala de la evolución y el desarrollo de sí mismo, y se encuentra ante un abismo que no sabe si será su propia destrucción o encumbramiento.

Valoro mucho la síntesis y la propuesta explicada de “la modernidad”, y aunque no comparto algunos “dogmas de la modernidad”, me resultan muy interesantes para poder seguir el diálogo constructivo.

Ahora quiero reflexionar sobre algunos de esos temas en los Harari aporta debate y contraste, y esto es muy enriquecedor.

  1. Historia.

Es curioso que el autor proponga una “breve historia de la humanidad”, del hombre, no del planeta, de la galaxia o de las especies. Es una historia “del hombre”, porque el hombre es el único que tiene realmente historia y no simple sucesión de tiempo y de cambios. El hombre tiene historia porque tiene memoria y proyección, porque puede aprender del pasado para labrar su futuro. El hombre hace historia y no simplemente “la pasa”.

Por este motivo me parece que el mismo Harari se contradice al poner tanto énfasis en diluir lo propiamente humano, como si las ciencias empíricas se empeñaran en demostrar (cosa que ya no es del ámbito de las ciencias) que el hombre no tiene nada distinto del resto de animales, salvo una “pequeña singularidad”.

2. Evolución – naturaleza.

La evolución es el hecho-categoría básico y fundante para Harari. El primer volumen es realmente una historia de la evolución… del hombre, así, casi fundamentalmente de la evolución, y secundariamente del hombre. Analiza la evolución del hombre. Y tal vez esa sea la tesis fundamental del libro: el hombre es su evolución, desde el animal a dios. Pero la evolución necesita un sustrato, un base, una materia que saca de sí misma las virtualidades que contiene para desplegarlas hasta llegar a ser algo ¿distinto?, ¿mutado?, ¿mejorado o tal vez empeorado?

Harari asume la evolución en sentido darwiniano, como la suma de mutaciones genéticas, en una línea de continuidad determinista; se transmiten por herencia solo las provechosas y positivas y se dejan de lado las negativas por el mecanismo de selección natural (los fuertes y hábiles sobreviven a los débiles).

Otros muchos autores han analizado y explicado la evolución de las especies, con versiones más sofisticadas y sobre todo más apegadas a los datos. Por ejemplo, echo en falta en la explicación de Harari una consideración de tipo “ingeniero” (como al de Tomás Alfaro, El señor del azar) que toma en consideración -entre otros factores- cuánto tiempo habría hecho falta para que las mutaciones se alinearan hasta llegar a los seres vivos actuales, si no hubiera sido por un “designio inteligente”, externo y superior al proceso, en vez del azar caótico y carente de finalidad. Sin este factor guía, el proceso evolutivo hubiera llevado muchísimo más tiempo del que los científicos han estimado (unos 13.500 millones de años, desde el Big Bang).

Pero para Harari, como exponente del pensamiento modernista cientificista, “el universo es un proceso ciego y sin propósito, lleno de ruido y furia pero que no significa nada.  (…) Las cosas simplemente, ocurren, una después de otra. El mundo moderno no cree en la finalidad, solo en la causa”[5]. No existe la causalidad ni la finalidad, sólo el determinismo de los mecanismos.

En la línea de la temporalidad evolutiva, hubo saltos cualitativos (Harari sí admite uno al menos, el Big Bang[6], una singularidad) que la ciencia no explica (¿no explica todavía o es un dato meta científico, metafísico?).

En el primer volumen se analizan las tres “revoluciones” que no forman parte de la evolución material-física (de la especie biológica) del homo sapiens, sino de una evolución cognitiva, relacional y trascedente del hombre (de la humanidad). En ambos aspectos de la evolución se insinúan singularidades que desconciertan y de las que las ciencias empíricas y sociales no logran explicación.

En este tema no puedo dejar de resaltar que el concepto de evolución que maneja Harari me parece insuficiente y reductivo, por su aversión a la causalidad y la finalidad. Por esta razón la teoría de la evolución según Harari se hace incompatible con la teoría de la creación. Según muchos científicos (no solo porque sean creyentes en un Dios creador y providente, sino porque son científicos rigurosos que se atienen con rigor y humildad a los datos que aporta la ciencia) estas dos teorías se complementan y juntas explican mejor la realidad que hoy vemos.

3. Ciencia

Sin duda alguna, la mayor grandeza del hombre es su capacidad de hacer ciencia, su capacidad de conocer por las causas para resolver problemas[7], para obtener beneficios y para encontrar sentido. La ciencia es investigación-indagación, es almacenaje e intercambio de datos, es aplicación a la mejora de la cotidianeidad.

Pero para Harari parece que las ciencias por excelencia, y casi únicamente, son las empíricas, las del ámbito físico. Aunque también considera y valora las ciencias “humanísticas” (la historia, la sociología, la psicología…) maneja estas últimas con una perspectiva determinista y mecanicista.

De aquí que enfatice tanto el intento de la “ciencia” por desmantelar “el alma”, por reducir todo lo espiritual a la complejidad neuronal; pero un poco más adelante me detengo en este punto.

Pero la ciencia no es el único modo de conocer la realidad porque la realidad no se agota en lo empírico. El dinamismo del conocimiento va desde lo empírico a los transcendentales. La ciencia, la filosofía y la apertura religiosa son estadios del mismo movimiento del saber.

Es curioso que Harari destaque la humildad de los científicos para reconocer su ignorancia como motor de nuevas investigaciones y de estar constantemente abiertos a novedades[8]; digo que me resulta curioso cuando casi al mismo tiempo señala la pretensión de la ciencia (para ser exactos, de muchos o algunos científicos, porque “la ciencia” no tiene pretensiones, no es una persona con voluntad y consciencia…) de resolver todos los enigmas con sus tres grandes proyectos[9]: 1. vencer la muerte y conseguir la inmortalidad; 2. encontrar la clave de la felicidad y 3. adquirir poderes divinos de creación y destrucción, promoviendo a Homo sapiens a Homo deus. ¿No parece esta pretensión algo orgullosa, poco humilde?

Así, la ciencia dejaría de ser una buscadora para convertirse en la proveedora de “verdades absolutas”. Pero ahí ya la ciencia deja de ser ciencia para convertirse en religión, que es otro tipo de conocimiento y experiencia.

Precisamente aquí se produce un encuentro muy relevante, ciencia y religión, al que Harari dedica un apartado específico (“La extraña pareja”, en la segunda parte de HD) y muchas alusiones a lo largo de los dos volúmenes.

La ciencia no es un ente autónomo, sino una actividad del hombre, precisamente porque homo sapiens. El hombre hace ciencia, conoce el mundo y se conoce a sí mismo, y a partir de esos dos campos conoce la trascendencia porque reconoce que no todo es materia. Reconoce sobre todo en sí mismo una “chispa” distinta e inaferrable para las ciencias empíricas mecanicistas.

Pero cuando la ciencia, el científico, no reconoce los límites de su actividad y de sí mismo, pretende ir más allá y se queda sin el sustrato, sin el piso que lo mantiene, y se sale de su ámbito perdiendo apoyo y realismo. Cuando el científico pretende abordar con metodologías empiristas las cuestiones humanas que no son empíricas, maltrata la realidad que intenta aferrar. Ahí debería aceptar con humildad que no lo conoce todo y que no puede conocer todo.

4. La cuestión del alma

Por eso la modernidad (y así lo refleja Harari) dedica tanto esfuerzo a intentar desmontar el alma y a negar la libertad. “No existe evidencia científica de que los sapiens posean alma”. “La existencia de almas no se puede armonizar con la teoría de la evolución”[10]: es toda una declaración de intenciones, un dogma de la modernidad que se apoya en una falacia: claro que no hay evidencias empíricas del alma ¡porque no solo existen realidades empíricas, sino también las meta-empíricas o meta-físicas!

Es claro y pacíficamente aceptado que el cuerpo humano ha evolucionado, y eso lo constata la ciencia y lo admite la religión (al menos la no fundamentalista, ya llegaremos a este punto de análisis). Pero ¿el alma? ¿Cuándo y cómo surge? ¿Qué es y cómo se relaciona con la base física: el cerebro, la actividad neuronal?

La pretensión cientificista es reducir el alma a un complejo sistema de conexiones neuronales que llegan a ser una secuencia de conciencia[11]. Pero aquí queda mucho, mucho por conocer, por comprender y por armonizar con la realidad y los datos fácticos de la actividad humana: la libertad, el amor, la autoconciencia, la imaginación, la memoria de sí mismo más allá del simple registro de datos.

Me parece también insuficiente la argumentación de Harari (no de él personalmente, sino de la modernidad) sobre la negación del libre albedrío. Me parece que se estrella contra una realidad que supera la ciencia, y que sin embargo el cientificismo pretende abarcar. Esta frase resume su posición: “Los procesos electroquímicos cerebrales que culminan en un asesinato (es un ejemplo de un acto libre) son deterministas o aleatorios o una combinación de ambos, pero nunca son libres”[12]. Se podría usar el razonamiento inverso: no hay evidencias empíricas que nieguen el libre albedrío ni la existencia del alma.

De nuevo, encuentro contradictorio que Harari propugne la pretensión omnipotente de los cientificistas, y por otro, a renglón seguido, admita su incapacidad de explicar el funcionamiento del ser humano[13].

5. Religión

El último tema que quiero analizar en esta reseña es la religión, al que Harari dedica también bastante espacio e intensidad.

Para la modernidad, según Harari, las religiones tuvieron un papel importante en las primeras fases de la evolución del hombre, hasta que con la revolución científica el homo sapiens logró explicar de modo científico muchos fenómenos hasta el momento inexplicables: el rayo, la lluvia, el origen de la vida, el dolor, el amor, el alma… Y de esta manera la religión pasó a ser considerada por muchos como un residuo del pasado, ya innecesario.

Siempre según Harari, las religiones son construcciones de relatos doctrinales, morales y cultuales, que sirven al homo sapiens para garantizar el orden y el funcionamiento de los sistemas sociales. El autor de estas construcciones es el mismo hombre, que se autoengaña para lograr ciertas seguridades[14].

Las religiones como sistemas de creencias y valores, de cosmovisiones y teologías también han evolucionado pasando por varios estadios, aunque resulta un tanto simplista tipificarlos así: animismo, politeísmo, monoteísmo, sincretismo y finalmente -según Harari- humanismo. Pero la religión no solo es un sistema de creencias; es ante todo y subyaciente a todo, una faceta del ser humano. Homo sapiens es también de homo religiosus, porque quiere conocer la realidad por sus causas y hasta sus últimas causas, y eso le lleva a interrogarse con preguntas no científicas-empíricas, sino meta-científicas y meta-empíricas, como por ejemplo: ¿de dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Para qué es mi vida? ¿Qué es la vida, qué sentido tiene?

Entonces, religión como religiosidad: dimensión y faceta del homo sapiens (como la socialidad, la corporeidad) y religión como sistema de creencias: las religiones.

Pero ¿quién responde estas preguntas? Responde la religiosidad (búsqueda y viaje interior) y las religiones a través de sus teologías y cosmovisiones expresadas normalmente en sus Escrituras. Pero no todas las Escrituras sagradas son iguales, aunque Harari pone a todas en el mismo saco y según él todas habrían sido dictadas directamente por dioses. Pero de nuevo, manifiesta poco conocimiento del desarrollo del cristianismo y de crítica histórico-literaria que ha llevado a superar la lectura fundamentalista de la Biblia que según él todavía vigente en la Iglesia[15].

Harari ignora lo que ya hace muchos siglos comprendió muy bien la Iglesia: que la Biblia no es un libro de ciencia que pretenda describir el cielo, sino un libro religioso que enseña cómo dar sentido a la vida, cómo es Dios y cómo es el hombre.

El conocimiento religioso es un poco más sofisticado y racional de lo que Harari de manera simplista caricaturiza[16]. El conocimiento empírico y las experiencias íntimas buscan las causas últimas, tanto del mundo físico como del humano, y al quedar insatisfechas, intuyen “algo más” que por sí mismas no pueden alcanzar, y con humildad aceptan la revelación religiosa. La modernidad cientificista no puede aceptar esto, y se resiste a admitir y dar por válido un tal conocimiento.

Y aquí otra vez Harari nos sorprende con el aprecio que manifiesta a un fenómeno que podríamos llamar disruptivo en las religiones como sistemas, que es la espiritualidad. Admite la experiencia religiosa de la búsqueda de sentido, del viaje desde lo que no satisface hacia algo exterior ¿superior? al hombre[17].

Tal vez Harari, como muchos modernos, no ha conocido una religión inspiradora sino solo ordenadora y represora, y por ello no comprende que todo hombre por ser sapiens está en búsqueda y en viaje espiritual, aunque no lo haga en todas las etapas de su vida. Tampoco comprende Harari que en toda la historia han surgido -y seguramente seguirán surgiendo- personas y también grupos inspiradores, místicos. Tal vez no conoce bien la historia del Cristianismo ni de otras religiones que han impulsado e impulsan a personas e instituciones a investigar, desarrollar y aplicar conocimientos científicos que mejoran la vida de muchos hombres.

Sin embargo, tal ignorancia no es tan grande cuando sí reconoce el papel del cristianismo en el surgimiento de las universidades[18] que no fueron movimientos culturales casuales, sino intencionados y sustentados en el tiempo y difundidos ampliamente en la geografía. Pero en seguida denigra la religión como si fuera sólo un aparato de poder. A mí esto me parece no querer ver, no querer admitir algo que resulta obvio para seguir imponiendo su tesis.

Conclusión.

Ha sido para mí un placer y un interesante contraste leer estos dos volúmenes de “historia de la humanidad y su futuro”. He mantenido un diálogo para mí muy fructífero con la modernidad explicitada por Harari.

El segundo volumen termina con unos capítulos que pudieran parecer de ciencia ficción absolutamente irreal, y sin embargo ¡qué cerca estamos! Son para reflexionar mucho pues se están abriendo posibilidades asombrosas. Lo dejo así para que lean estos capítulos.

Pero me ha quedado un sabor un poco amargo, porque la modernidad cientificista sin el aporte de la religión (que parece querer excluir de su quehacer) se queda con un horizonte más bien oscuro, nihilista. La felicidad del homo sapiens no sería más que un “autoengaño”, un convencerme de que mi vida tiene sentido porque mi relato personal está en sintonía con los relatos de otros muchos[19]. El humanismo como religión no es más que un autorreferencialismo que deja al hombre suspendido de sí mismo.

Y quiero decir a Harari y a los modernistas que sí hay algo que vence la angustia existencial y que nos llena de plena felicidad, pero hay que buscarlo con humildad un poco más allá de nosotros mismos. Sí ha habido una revelación sobrenatural y una intervención externa al sistema evolutivo, y se puede conocer porque también es historia real, aunque en estos dos volúmenes no se la tenido en cuenta. Pero Harari no es el único en ofrecer una historia y una interpretación de la historia. Hay que seguir leyendo y debatiendo.

[1] Ed. Debate 2017. Original From animals into Gods: A Brief History of Humankind, 2013. Para las citas, de ahora en adelante “Daad”.

Ed. Debate 2016. Original Homo Deus. A brief History of Tomorrow, 2015. Para las citas, de ahora en adelante “DH”.

[2] Filósofo, teólogo, sacerdote legionario de Cristo.

[3] “¿Cuál es la diferencia entre describir el “cómo” y explicar el “porqué”? Describir el “cómo” significa reconstruir la serie de acontecimientos específicos que llevaron de un punto a otro. Explicar el “porqué” significa encontrar relaciones causales que expliquen la aparición de esta serie particular de acontecimientos frente a la exclusión de todos los demás” (Daad, pág. 265).

[4] HD, pág 79.

[5] HD, pág 226.

[6] “Los físicos definen el big bang como una singularidad. Es un punto en el que todas las leyes conocidas de la física no existían. Tampoco existía el tiempo. Por lo tanto, no tiene sentido decir que “antes” del big bang existiera algo. Quizá nos estemos acercando rápidamente a una nueva singularidad, en la que todos los conceptos que dan sentido a nuestro mundo (yo, tú, hombres, mujeres, amor y odio) serán irrelevantes. Cualquier cosa que ocurra más allá de este punto no tiene sentido para nosotros” (Daad, pág 451).

[7] “Cuando la ciencia empezó a resolver un problema tras otro, muchos se convencieron de que la humanidad podía solucionar todos y cada uno de los problemas mediante la adquisición y aplicación de nuevos conocimientos. La pobreza, la enfermedad, las guerras, las hambrunas, la muerte misma, no eran el destino inevitable de la humanidad. Eran simplemente lo frutos de nuestra ignorancia” (Daad, pág 294).

[8] “También los mejores científicos están muy lejos de descifrar el enigma de la mente y la conciencia. Una de las cosas más maravillosas que tiene la ciencia es que cuando los científicos no saben algo, pueden probar todo tipo de teorías y conjeturas, pero al final acaban por admitir su ignorancia” (DH, pág. 128).

“No obstante, la cultura moderna se ha mostrado dispuesta a aceptar la ignorancia en mucha mayor medida de lo que lo ha hecho ninguna cultura anterior. Una de las cosas que ha hecho posible que los órdenes sociales modernos se mantuvieran unidos es la expansión de una creencia casi religiosa en la tecnología y en los métodos de la investigación científica, que hasta cierto punto han sustituido a la creencia en verdades absolutas” (Daad, pág. 282).

[9] HD, pág 32, 42 y 59.

[10] HD, pág 119 y 123.

[11] HD, pág. 127.

[12] “Por ejemplo, cuando una neurona dispara una carga eléctrica, ello puede ser una reacción determinista a estímulos externos o el resultado de un acontecimiento aleatorio, como la descomposición espontánea de un átomo radioactivo. Ninguna de las dos opciones deja margen alguno para el libre albedrío. Las decisiones que se alcanzan a través de una reacción en cadena de sucesos bioquímicos, cada uno de ellos determinado por un suceso previo, no son ciertamente libres. Las decisiones que son el resultado de accidentes subatómicos aleatorios tampoco son libres. Son simplemente fruto de azar. Y cuando accidentes se combinan con procesos deterministas, tenemos resultados probabilistas, pero esto no equivale a libertad” (HD, pág. 312).

“El libre albedrío existe únicamente en los relatos imaginarios que los humanos hemos inventado. (…) De la misma manera que la evolución no puede armonizar con almas eternas, tampoco puede tragarse la idea del libre albedrío. Porque si los humanos son libres, ¿cómo pudo haberlos modelado la selección natural? Según la teoría de la evolución, todas las decisiones que los animales toman (ya se refieran a la residencia, alimento o pareja reproductiva) reflejan su código genético” (HD, pág. 313).

[13] “Nadie tiene ni idea de cómo una diversidad de reacciones bioquímicas y de corrientes eléctricas en el cerebro generan la experiencia subjetiva de dolor, ira o amor” (HD, pág. 126)

[14] “¿Así que nuestros antepasados medievales eran felices porque encontraban sentido a la vida en los engaños colectivos acerca de la vida en el más allá? Sí. Mientras nadie echara por tierra sus fantasías, ¿por qué no tenían que serlo? Hasta donde podemos saber, desde un punto de vista puramente científico, la vida humana no tiene en absoluto sentido ningún sentido. Los humanos son el resultado de procesos evolutivos ciegos que operan sin objetivo ni propósito. Nuestras acciones no forman parte de ningún plan cósmico divino, y si el planeta Tierra hubiera mañana por la mañana, probablemente el universo seguiría su camino como de costumbre. Hasta donde podemos decir en este punto, no se echaría en falta la subjetividad humana. De ahí que cualquier sentido que la gente atribuya a su vida es solo una ilusión. Los sentidos ultramundanos que las gentes medievales encontraban que tenía su vida no era más ilusión que lo que las gentes modernas encuentran en los modernos sentidos humanistas, nacionalistas y capitalistas. La científica que dice que su vida tiene sentido porque aumenta el compendio del saber humano, el soldado que declara que su vida tiene sentido porque lucha para defender a su patria, y el empresario que encuentra sentido en la creación de una nueva compañía, se engañan igual que sus homólogos medievales que encontraban sentido en la lectura de la Escrituras, en emprender una cruzada o en construir una nueva catedral.

De modo que quizá la felicidad consista en sincronizar las ilusiones personales del sentido con las ilusiones colectivas dominantes en cada situación. Mientras mi narración personal esté en sintonía con las narraciones de la gente que me rodea, puedo convencerme de que mi vida tiene sentido, y encontrar felicidad en esta convicción. Esta es una conclusión bastante deprimente. ¿Acaso la felicidad depende de engañarse a sí mismo?” (Daad, págs. 428-429).

[15] “Las sagradas escrituras funcionan de la misma manera. La institución religiosa proclama que el libro sagrado contiene las respuestas a todas nuestras preguntas. Simultáneamente, presiona a tribunales, gobiernos y empresas para que se comporten de acuerdo con lo que dice el libro sagrado. Cuando una persona sabia lee las escrituras y después contempla el mundo, ve que, efectivamente, hay una buena concordancia entre ambos. “Las escrituras dicen que tenemos que pagar diezmos a Dios… y, mira, todo el mundo los paga. Las escrituras dicen que las mujeres son inferiores a los hombres y que no pueden hacer de jueces ni dar testimonio en los tribunales… y, mira, ciertamente no hay mujeres juezas y los tribunales rechaza su testimonio. Las escrituras dicen que quien estudie la palabra de Dios tendrá éxito en la vida… y, mira, todos los empleos buenos los tienen personas que saben de memoria el libro sagrado”. (…) Aunque las escrituras engañen a la gente acerca de la verdadera naturaleza de la realidad, pueden no obstante conservar su autoridad durante miles de años. Por ejemplo, la percepción bíblica de la historia es fundamentalmente defectuosa, pero consiguió extenderse por el mundo, y todavía hay muchos millones de personas que se la creen. La Biblia diseminó una teoría monoteísta de la historia, que afirma que el mundo está gobernado por una única deidad todopoderosa que se preocupa, por encima de todo, de mí y de mis actividades. Si ocurre algo bueno, tiene que ser un premio por mis buenos actos. Cualquier catástrofe será con seguridad un castigo por mis pecados. Así, los judíos antiguos creían que si padecía una sequía o que si el rey Nabucodonosor de Babilonia invadía Judea y exiliaba a su pueblo, a buen seguro estos fueron castigos divinos por sus pecados. Y si el rey Ciro de Persia derrotaba a los babilonios y permitía a los exiliados judíos volver a su hogar y reconstruir Jerusalén, Dios en su misericordia tenía que haber escuchado sus contritas oraciones. La Biblia no reconoce la posibilidad de que quizá la sequía fuese el resultado de una erupción volcánica en Filipinas, que Nabucodonosor invadiera Judea siguiendo los intereses comerciales de Babilonia y que el rey Ciro tuviera razones políticas para favorecer a los judíos. Así la Biblia no muestra ningún interés en absoluto por entender la ecología global, la economía babilónica y el sistema político persa” (HD, págs. 195-196).

[16] “En la Europa medieval, la principal fórmula para el saber era la siguiente: conocimiento = escrituras x lógica. Si queremos conocer la repuesta a alguna pregunta importante, debemos leer las escrituras y emplear nuestra lógica para comprender el sentido exacto del texto. (…) La revolución científica propuso una fórmula muy diferente del conocimiento: conocimiento = datos empíricos x matemáticas. Si queremos conocer la respuesta a alguna cuestión, en primer lugar necesitamos reunir datos empíricos relevantes y después emplear herramientas matemáticas para analizarlos. (…) La fórmula científica del conocimiento condujo a asombrosos descubrimientos en astronomía, física, medicina y numerosas disciplinas más. Pero tenía un inconveniente enorme:  no podría abordar cuestiones de valor y sentido. (…)

Sin embargo el humanismo ofrecía una alternativa. Cuando los humanos adquirieron más confianza en sí mismos, apareció una nueva fórmula del saber ético: conocimiento = experiencias x sensibilidad. Si queremos conocer la respuesta a una cuestión ética, necesitamos conectar con nuestras experiencias íntimas y observarlas con la mayor de las sensibilidades. (…) La “experiencia” es un fenómeno subjetivo que incluye tres ingredientes principalmente: sensaciones, emociones y pensamientos. (…) Y “sensibilidad” significa dos cosas. En primer lugar, prestar atención a mis sensaciones, emociones y pensamientos. En segundo lugar, permitir que estas sensaciones, emociones y pensamientos influyan en mí. Doy por hecho que no debo permitir que cualquier brisa pasajera me lleve. Pero debo estar abierto a nuevas experiencias y permitir que cambien mis puntos de vista, mi comportamiento e incluso mi personalidad” (HD, págs. 264-266).

[17] “La religión es un pacto, mientras que la espiritualidad es un viaje. La religión proporciona una descripción completa del mundo y nos ofrece un contrato bien definido con objetivos predeterminados. “Dios existe. Nos dijo que nos comportáramos de determinadas formas. Si obedecemos a Dios, seremos admitidos en el cielo. Si los desobedecemos, arderemos en el infierno”. La claridad misma de este pacto permite que la sociedad defina normas y valores comunes que regulan el comportamiento humano. Los viajes espirituales no se parecen nada a esto. Por lo general, llevan a las personas de manera misteriosa hacia destino desconocidos. La búsqueda suele empezar con alguna gran pregunta como “¿Quién soy?”, “¿Cuál es el sentido de la vida?”, “¿Qué es bueno?”. Mientras que muchas personas aceptan sin más las respuestas al uso que ofrecen los poderes que sean, los buscadores espirituales no quedan satisfechos tan fácilmente” (HD, pág. 208).

[18] “El islamismo, el cristianismo y otras religiones tradicionales siguen siendo actores importantes en el mundo, pero ahora su papel es principalmente reactivo. En el pasado fueron una fuerza creativa. El cristianismo, por ejemplo, difundió la idea, hasta entonces hereje, de que todos los humanos son iguales ante Dios, con lo que cambió las estructuras políticas humanas, las jerarquías sociales e incluso las relaciones de género. En su sermón de la montaña, Jesús fue más allá e insistió en que los mansos y oprimidos eran la gente favorita de Dios, con lo que invirtió la pirámide del poder y proporcionó munición para generaciones de revolucionarios. Además de fomentar reformas sociales y éticas, el cristianismo fue responsable de importantes innovaciones económicas y tecnológicas. La Iglesia católica estableció el sistema administrativo más refinado de la Europa medieval, y fue pionera en el uso de archivos, catálogos, programaciones y otras técnicas de procesamiento de datos. El Vaticano era lo más cercano a Sillicon Valley que tenía la Europa del siglo XII. La Iglesia estableció las primeras empresas económicas europeas: los monasterios, que durante mil años encabezaron la economía europea e introdujeron métodos agrícolas y administrativos avanzados. Los monasterios fueron las primeras instituciones que usaron relojes, y durante siglos, ellos y las escuelas catedralicias fueron los centros de enseñanza más importantes de Europa, además de contribuir a la fundación de muchas de las primeras universidades europeas, como las de Bolonia, Oxford y Salamanca.

En la actualidad, la Iglesia católica continúa gozando de las lealtades y los diezmos de centenares de millones de seguidores. Pero hace ya tiempo que tanto ella como las demás religiones teístas dejaron de ser una fuerza creativa para transformarse en una reactiva” (HD, pág. 305).

[19] Así, el pacto moderno ofrece a los humanos una enorme tentación, unida a una amenaza colosal. Tenemos delante mismo la omnipotencia, casi a nuestro alcance, pero bajo nosotros se abre el abismo de la nada más absoluta. A nivel práctico, la vida moderna consiste en una búsqueda constante de poder en el seno de un universo desprovisto de sentido. La cultura moderna es la más poderosa de la historia y está investigando, inventando, descubriendo y creciendo sin cesar. Al mismo tiempo, se encuentra acosada por más angustia existencial que ninguna otra cultura previa (HD, pág 227).

No canceles la Navidad

belén

Dios irrumpe en la historia humana, pero sin violentar. El Dios Amor se propone y se insinúa, nunca se impone. Por eso Dios eligió la noche, una cueva, una humilde pareja y un Niño para hacerse más presente en nuestra vida.

Navidad es la fiesta del amor, la alegría, la fraternidad, la esperanza, la familia, el perdón, la ilusión. Tiempo de regalos, de reuniones familiares, de descorchar champán; tiempo de vestir nuestras calles y casas con luces y colores; tiempo de poner el Pesebre y el árbol; tiempo de los generosos Reyes Magos y de Santa Claus. Pero ante todo es el tiempo del Dios-Niñito-Amor.

Según algunos profetas de desventuras, deberíamos cancelar la Navidad, pues no habría razón de festejo; algunos ven motivos más que suficientes para suspender tanta alegría porque consideran todo esto vacío, hipócrita, falso. Quieren cancelar la Navidad, suspenderla. Que no haya Navidad.

Es verdad que hay mucha gente que en esta época no la pasa bien por las pérdidas que ha sufrido, por las situaciones dolorosas en que vive. Para muchos la Navidad no viene con las alforjas repletas de alegrías externas, sino de ausencias y recuerdos dolorosos. Ellos se asemejan más que otros a esos primeros y verdaderos protagonistas de la Navidad, José, María y Jesús, que desplazados de su casita y sin encontrar un lugar adecuado no tuvieron más remedio que refugiarse en un establo de animales. Solos, sin apoyos, pobres.

Esto nos muestra que la auténtica Navidad no está hecha de luces, de regalos, de figuritas, de comidas. La Navidad es un encuentro: Dios viene a nuestra vida.

¿Pero, dejaremos que nos roben la Navidad? ¿Deberíamos cancelarla porque muchos sufren necesidad o porque otros se quedan en lo superficial? Eso dependerá de cada uno de nosotros, de nuestra actitud real en el festejo.

Dios no suspende su venida: vino hace 2000 años y viene ahora a tu corazón. Él te ama, te busca, te quiere feliz. A Dios no le tumban las maldades, las miserias, nuestros pecados; no le frenan nuestras tibiezas. A esto viene: perdonar errores, sanar heridas profundas, iluminar tinieblas del alma. Y puede hacerlo y lo hace.

Y tú, ¿suspenderás tu encuentro con Dios-Niñito-Amor? ¿Cancelarás tu cita con Él?

  • Si engalanas tu calle y tu casa y tu cuerpo para mostrar la belleza de la vida y de la familia, no canceles la Navidad.
  • Si te reúnes con tu familia y tus amigos, incluso con quienes no conoces, para darles amor y hacerles el bien y fortalecer vínculos, no canceles la Navidad.
  • Si pones el Pesebre para contemplar sosegadamente eso que Dios hizo y sigue haciendo también hoy, no canceles la Navidad.
  • Si compras y entregas regalos regalándote a ti mismo, tu tiempo, tu bondad, tu cariño…, no canceles la Navidad.
  • Si descorchas una botella para festejar el triunfo del amor, no canceles la Navidad.

No canceles lo que es bueno, pero tampoco lo estropees; no dejes que pierda su chispa inquietante. Deja que la Navidad te incomode el corazón.

No te quedes con la superficial Navidad; disfruta y emborráchate de la auténtica Navidad: el festín del amor de Dios-con-nosotros, Enmanuel. Y ayuda a que otros muchos también la vivan con profunda alegría. Seamos todos promotores de la auténtica Navidad.

Feliz Navidad. P. Jesús Pérez García, legionario de Cristo

Preparar la Navidad: cansancios y esperanza

esperanza luz

Ya hemos llegado al final de curso y casi del año. Tal vez llegamos con poco aliento, muy cansados. Y como todos los años por estas fechas, inicia el Adviento, la preparación para la Navidad. Cansancio y esperanza.

Las muchas y diversas batallas de este 2018 han mermado nuestras fuerzas. Fatiga física y sobre todo del alma por los varios frentes de conflicto: situación económica y laboral complicada para muchos, sociedad encrespada, antagonismos ideológicos. Nos preocupan y ocupan mucho esas causas externas o sociales, pero también otras más domésticas: la educación de nuestros hijos en este mundo tan plural y desconcertante, el cuidado de nuestras familias y matrimonios, el acompañamiento de nuestros seres queridos.

Tal vez todo ese ruido externo (lo social, político, económico) nos quita el foco de lo que realmente nos importa (al menos eso decimos): la familia, nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros amigos. Y esto también nos incomoda y hastía.

Ante tanta crispación, dificultades y cansancio personal, nos viene la tentación de bajar los brazos y aflojar. “¿Para qué seguir remando si parece que todo va a peor?”

“Hace más ruido un árbol que cae, que millares que crecen”.

La esperanza y la fortaleza no brotan de apretar los dientes y los fruncir el ceño. No basta con tomar posición de combate y ponerle garra. La esperanza no nace de nosotros mismos, sino que viene de lo alto, de ese Dios todopoderoso y también misterioso que Jesús nos trae, especialmente en la Navidad.

Por esto en este tiempo en que tal vez muchos sentimos cansancio, desánimo y un cierto abatimiento, podemos recibir la esperanza y la salvación que Jesús nos acerca. Solo el hombre que se reconoce débil, necesitado, vulnerable, solo ese hombre menesteroso está abierto al regalo del amor de Dios. ¡Qué paradoja! El que se siente poderoso no se deja tocar por la esperanza; el que se cree rico y autosuficiente no espera el don y se ahoga en su pretendida seguridad. El pobre, el humilde, el manso… ese levanta la cabeza hacia el cielo y ve a Dios que viene a su encuentro.

Un Dios todopoderoso y eterno que se hace hombre pobre y humilde, que sufre nuestras miserias y que triunfa de nuestra inclinación al mal. ¡De aquí nos viene la salvación y la esperanza!: Enmanuel, Dios con nosotros. Dios viene a nuestra historia, a la historia de la humanidad y a la de cada persona en particular: Dios se hace presente en mi vida.

En la Navidad celebramos esto, el eje central de nuestra fe cristiana: la hazaña del amor generoso, gratuito, desbordante de Dios a cada uno de nosotros. Este tiempo de preparación para la Navidad nos estimula a focalizarnos en Jesús y contemplar la fuerza del amor, que vence todo cansancio y nos llena de esperanza.

María, madre y maestra de los educadores

mariayjesusorando

Homilía Fiesta de la Natividad de María

Día del maestro en el colegio Oakhill Pilar (8 sept. 2017)

Hoy nos reunimos para esta eucaristía en un día de celebración familiar.

Celebramos la fiesta del nacimiento de la Virgen María y, a la vez, el día del maestro. Y por eso en este día de acción de gracias y de contemplación de María les propongo pedirle a Ella, a la Madre, que ilumine nuestra misión y vocación de educadores.

María, Madre y Maestra de Jesús, Madre y Maestra de la Iglesia, Madre y Maestra de nosotros que somos educadores.

En su vida, sencilla, humilde, callada, encontramos algunos rasgos que nos pueden inspirar mucho en esta vocación docente.

Dios a Ella la llamó a una vocación sublime: dar vida, cuidar y educar a su propio Hijo, al Hijo de Dios. A nosotros Dios nos llama también a cuidar y educar a los otros hijos de Dios. Ciertamente nuestros chicos no son tan buenos como era Jesús; en esto estamos en desventaja. Tampoco nosotros somos tan buenos como María; y en esto ellos están en desventaja. Pero bueno, hagamos lo posible.

Quiero resaltar y proponerles algunos rasgos de la vida de María que pueden iluminar nuestra vocación docente:

  • La vida de María fue austera por necesidad y virtud: su Hijo, Hijo de Dios, fue “el hijo del carpintero”, trabajó con sus manos para ganarse el pan, y en la casita de Nazaret todos trabajaban con sus manos. Jesús aprendió de su madre y de su padre a vivir con esfuerzo, asimiló el valor de las cosas adquiridas laboriosamente.
  • María y José respetaban las leyes y las indicaciones de las autoridades: fueron a Belén para empadronarse obedeciendo el edicto del emperador; fueron a Jerusalén en las peregrinaciones prescritas y realizaron los actos rituales porque sabían que con los ritos se aprende a vivir. Le enseñaron a Jesús a vivir con sentido esas tradiciones.
  • No fue madre ni educadora sobreprotectora, sino que le educó en autonomía: cuando tenía 12 años “se perdió” por haberse quedado solo entre la gente, y luego lo encontraron hablando serenamente con los maestros del templo.
  • Ella educa en sintonía con el padre: “tu padre y yo te buscamos angustiados”.
  • María educa con las palabras pero sobre todo con su ejemplo. En los evangelios no tememos muchas palabras suyas; durante los años de la vida pública de Jesús, ella se mantiene en segundo plano, nunca hace alarde de ser la madre del “sanador”, del maestro.
  • Ella es atenta y solidaria con las necesidades de los demás: cuando están invitados a unas bodas en Caná se da cuenta de que se quedaron sin vino y actúa. Y así será también su Hijo: perciben las necesidades y actúa, sobre todo atendiendo a los pobres.
  • Ella, y también Él, son alegres y participan en las alegrías y en las fiestas: las bodas de Caná.
  • Ella fue servicial y pronta para ayudar: “fue aprisa a la montaña para ayudar a su prima Isabel a estaba en cinta”. Jesús lava los pies a sus discípulos en la última cena, les prepara de comer en la última aparición en el lago de Tiberíades. “He venido a servir, no a ser servido”.
  • En las bodas de Caná, María asume un liderazgo de servicio que no le correspondería, podría haberse quedado con brazos cruzados mirando “no tienen vino”. Pero ella no es así. “Hagamos algo por ellos, hagan lo que Él les diga”.

María, la educadora de perfil bajo pero de altos amores; modelo y ejemplo para nosotros educadores. Nuestros alumnos no son Jesús pero sí son como Jesús y están llamados a ser como Jesús.

Como colegio católico queremos ayudar a nuestros alumnos y a sus familias a formar a Jesús en ellos. Como María tenemos en nuestras manos a Jesús: ese Jesús eucarístico, ese Jesús en el prójimo de estos chicos. Dios nos ha llamado a esta vocación sublime de alumbrar, de dar a luz a Jesús en estos chicos.

La familia ¿en el centro de la atención de la Iglesia?

familia en mejora

Reflexiones después de un Sínodo sobre la familia

Me da la impresión de que una de las mayores tentaciones de la Iglesia es quedarse mirando. Mirándose a sí misma (su organización, su historia, su doctrina, sus seguidores o detractores, etc…) o mirando a Dios, pero un Dios cosificado, idealizado, rígido, no ese Dios real y viviente que está continuamente mirando al hombre, ese Dios vuelto hacia el hombre, ese Dios que siempre está buscando al hombre en su realidad concreta y vital, a veces sangrante, a veces gozosa, hecha de materialidad y de espiritualidad, de los afanes concretos de supervivencia y de búsqueda de sentido de la vida y de felicidad.

Sabemos que la Iglesia “institucional”, su jerarquía, no es toda la Iglesia. La Iglesia somos todos los que seguimos a Jesús, seamos laicos o curas, monjas, obispos. La Iglesia somos todos; y en ella algunos tienen una función de servicio a los demás. Y de eso se trataría, de que sirvan, de que sean útiles, de que presten el servicio que Dios les pide y que los demás necesitan. Pero la Iglesia somos todos, no solo las jerarquías.

Bien, pues esta Iglesia que debe estar continuamente “en salida”, en actitud y actos de servicio, como dice tantas veces el Papa Francisco, se ha propuesto en los últimos años prestar especial atención a la familia, a las familias, a esa dimensión fundamental de la vida de cada uno de nosotros. Para eso se convocó y celebró un Sínodo, una reunión de todos los obispos, que tuvo dos partes fuertes: la asamblea extraordinaria de 2014 y la asamblea ordinaria de 2015. Como siempre, estas asambleas publican un documento que recoge las deliberaciones y las conclusiones y propone pautas de acción. Pero los documentos pueden quedarse en simple papel y bellos discursos llenos de intenciones y reflexiones. O pueden ser programas de acción, guías de nuestro obrar cotidiano y concreto.

Estas reflexiones que ofrezco ahora nacen de mi intento de pasar a la acción, gracias a la invitación que Dios nos hace de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia.

familia en dificultad

  1. Esto de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia, ¿es una corazonada pasajera, una moda? ¿O es realmente central, básico, estable?

La comunidad de los que creemos en Jesús vive en una continua tensión dinámica de mirar hacia Dios y hacia el hombre. De hecho, es la tensión en la que vive todo hombre, que no puede no mirarse a sí mismo, buscar su felicidad y realización, pero que percibe que eso lo logrará sólo saliendo de sí mismo, aceptando su dependencia de Dios y viviendo armónicamente su relación de fraternidad con los demás.

Como enseñan la antropología, la psicología y la sociología, el hombre nace, crece, se desarrolla, se realiza en relación con su entorno, con sus semejantes, en su familia. La vida familiar es tan determinante, que no hay ser humano sin familia, sin pater-maternidad, sin fraternidad, sin filiación, sin relaciones de afecto y parentesco.

Incluso la experiencia religiosa está muy marcada por la experiencia de la familia, no solo por lo que en ella aprende o no de la religión, sino porque al Dios Amor que nos ha creado lo experimentamos a través del amor incondicional de los demás. Quien no ha recibido en el seno de la familia el amor incondicional, protector, misericordioso, tiene serias dificultades para entablar una relación filial y de amistad con Dios. La familia es el nicho más cálido y satisfactorio para el hombre. Si falla la familia, falla el hombre.

No hace falta insistir en la importancia de la familia bien constituida y armoniosa. Pero sí es necesario detener la mirada del corazón y de la acción en esta realidad, pues con frecuencia dejamos de valorar, de cuidar, de mimar las cosas básicas, importantes, cotidianas. Precisamente este es el intento de la Iglesia al llamarnos la atención sobre este tema con el Sínodo: que el cuidado de la familia sea siempre prioritario, activo, constante. ¿Tarea difícil, imposible? Al menos hay que intentarlo.

2. ¿Qué dice el Sínodo?

El documento final del Sínodo se articula en tres partes: 1ª La Iglesia a la escucha de la familia; 2ª La familia en el plan de Dios y 3ª La misión de la familia.

La segunda parte es una recopilación de la doctrina de la Iglesia sobre la familia. Nada nuevo, doctrina tradicional, lo de siempre. Porque el hombre y la familia son lo que son desde siempre, por naturaleza. Con el pasar de los siglos la humanidad ha ido profundizando en el conocimiento de todas las realidades, incluidas las humanas y espirituales; pero esas realidades naturales no cambian, no han cambiado ni un ápice. Telegráficamente podríamos resaltar varios elementos de esta doctrina o concepción de la familia según la Iglesia: la centralidad del amor en el ser humano; el matrimonio como donación del hombre y la mujer en comunión total; características del matrimonio: fidelidad, indisolubilidad, apertura a la vida; la sexualidad como manifestación del amor; matrimonio natural y sacramental; dificultad de vivir en plenitud el amor familiar por la tendencia al pecado, al egoísmo; Dios rescata, eleva y plenifica el amor humano.

La tercera parte del documento expone algunas pautas de cómo la Iglesia debería renovarse para estar al servicio del hombre y de la familia. Son propuestas generales que hay que bajar a la práctica.

Pero ahora la parte que más me interesa ahora es la primera porque nos enseña a no tomar como punto de partida único y exclusivo la doctrina, el “deber ser”. Ciertamente no debemos perder esto de vista. Pero miremos, escuchemos primero la realidad, “lo que es, lo que hay ahora”, la familia como está, con sus sombras y luces, con sus dolores y alegrías. Mirar sin juzgar, mirar sin prejuicios, mirar no para ver lo que queremos ver, sino para encontrarnos, descubrir y valorar lo que hay en el mundo ahora.

3. La Iglesia a la escucha de la familia

¿Qué es y cómo está hoy la familia? ¿Qué dicen las familias de sí mismas? Eso es lo que la Iglesia, lo que los creyentes debemos y queremos escuchar. Bueno, pues escuchemos y miremos a las familias reales y concretas.

Como en el Sínodo no solo participaban obispos, sino también laicos muy implicados en las realidades familiares (ellos mismos familias, matrimonios, y también expertos en acompañamiento y terapias familiares), el documento final refleja -creo que bastante bien- la realidad de cómo están las familias hoy. Y además también hay que reconocer que muchos obispos sí son muy cercanos a la gente y conocen de primera mano las situaciones de la calle.

Todos, según las encuestas, valoramos mucho la familia y la consideramos como la institución más fiable y necesaria, pero luego no la cuidamos tanto como debiéramos. Todos buscamos y necesitamos los vínculos familiares pero éstos a la par sufren mucho por el individualismo y por la presión de situaciones laborales, culturales y políticas.

La cultura dominante en occidente exalta mucho el individualismo, la búsqueda del placer y la libertad como libertinaje. Esto trae como consecuencia la falta de compromiso en las relaciones, la poca capacidad de sacrificio, el desprecio de los derechos de los demás, es decir, vínculos flojos, familias poco estables, poco abiertas a la vida.

Hay además tendencias culturales fomentadas “interesadamente”, con fuerte sesgo ideológico: el feminismo exagerado (la mujer enfrentada al varón, y el varón enfrentado a la mujer, no en relación de paridad, complementariedad y mutua ayuda, sino en competencia desleal) y la ideología del “género” que ignorando la diversidad natural (biológica, psicológica y espiritual) del hombre y la mujer “construye” y da por buenos otros modos de relación.

Las condiciones socio-económicas no siempre son favorables a la familia: migraciones forzosas que desarraigan y separan familias; condiciones laborales que impiden a los cónyuges dedicar el tiempo, las energías y el afecto necesario para el matrimonio y los hijos; economía precaria para sostener a los hijos y a los mayores; pobreza extrema; explotación de la mujer y visión consumista de su cuerpo.

Desde el punto de vista moral y religioso, la vida íntima de las familias tiene muchas dinámicas que no siempre funcionan bien: madurar en el amor conyugal (pasar del enamoramiento y la atracción al amor como compromiso y entrega mutua tota); la aceptación de la debilidad de los otros (enfermedad física o psíquica, vejez o niñez); el esfuerzo por crecer juntos en los propios roles en la prosperidad y en la adversidad; el perdón y la mutua ayuda para vencer las debilidades; la generosidad para darse incondicionalmente.

Todo esto se va dando a lo largo de la vida de las personas y de las familias: soltería, noviazgo, maduración del matrimonio, llegada, crecimiento y partida de los hijos, viudez, orfandad, enfermedades, duelos, éxitos y fracasos laborales, vivencias religiosas y culturales, etc…

Hoy hay familias unidas y felices, con sus luchas, y hay familias que sufren mucho. En cada situación concreta hay amor y egoísmo, elecciones acertadas y equivocadas, actos heroicos y mezquinos. Cada familia está compuesta de seres humanos, y todos los seres humanos tenemos defectos y virtudes, momentos buenos y malos, somos capaces de lo mejor y de lo peor.

Hay familias que sufren por la infidelidad de uno o de los dos cónyuges, que han sufrido abandono o maltrato; hay familias monoparentales debido a causas muy variadas. Hay hijos nacidos de violencia o abandonados o abortados. Hay parejas homosexuales, hay poligamia. Hay matrimonios que se rompen o que han sido nulos. Hay engaños. Hay enfermedades psíquicas y fallos de maduración.

Hay presiones para no tener hijos y también a veces falta de educación y responsabilidad al tenerlos. Muchas familias cuidan con primor a sus seres queridos débiles y ancianos, otras los arrinconan o eliminan. Muchas familias constituyen un auténtico refugio ante adversidades económicas de parientes y amigos.

La legislación de algunos estados promueve y apoya la familia, y la de otros obstaculiza su función social humanizante.

4. ¿Qué hace o qué va a hacer la Iglesia por la familia?

Aunque la familia es un bien natural, es decir, que las personas no creyentes también la viven, la valoran y la defienden, a veces da la impresión de que la Iglesia, la comunidad de los creyentes, se queda sola en esta defensa y promoción de los valores familiares.

Que el amor entre un hombre y una mujer es el verdadero y único fundamento del matrimonio y la familia, que la vida es un derecho inviolable, que hay persona desde el momento mismo de la concepción, que el matrimonio es monogámico e indisoluble, etc… no son dogmas de la fe cristiana, son verdades de razón natural, y por eso la fe cristiana las respeta y defiende.

La experiencia religiosa además enriquece y potencia los valores familiares con un aporte muy significativo: Dios es amor, Dios es familia, y por eso nos enseña, anima y manda amar y defender el amor familiar. Pero no solo lo enseña desde lejos, sino que Dios en esa acción misteriosa e interior en cada hombre le lleva a necesitar y experimentar el amor como una fuerza maravillosa para vivir.

¡Qué bella y compleja es la familia! En ella hombre y mujer, adultos y niños, fuertes y necesitados, todos aportan y reciben, se apoyan y son apoyados. En ella no rige, o no debe regir, la ley de la competencia y del más fuerte, sino la ley del amor incondicional. Es un ideal excelso al alcance de todos, necesario para todos. Este proyecto y comunidad de amor tiene una riqueza tan grande que ilumina toda la vida del hombre. Por eso la Iglesia –y todo cristiano- debe esforzarse por sostenerla, alentarla y promoverla.

 

 

«Spotlight». Los Oscar, el Papa y los abusos sexuales en la Iglesia

Por Jorge Enrique Mújica | jem@arcol.org

(Y hago mío pues me parece un análisis muy interesante)

Nadie esperaba que el Papa terminase en los Óscares de 2016 y, sin embargo, pasó. Entre los eufóricos momentos de la octagésima octava edición de los Óscares se encuentra la referencia que Tomas McCarthy, director de la cinta premiada como la mejor del año (Spotlight) hizo a Francisco: «Esta película dio voz a los supervivientes. Y este óscar amplifica esa voz, la cual esperamos se convierta en un coro que resuene y llegue hasta el Vaticano. Papa Francisco, es hora de proteger a los niños y restablecer la fe».

Corría el año 2002 cuando The Boston Globe publicó el resultado de semanas de investigación que evidenciaron la tratativa que la iglesia católica en Boston había dado al tema de abusos sexuales por parte de algunos miembros del clero. Aquella serie de reportajes obtuvieron el  «Premio Pulitzer» de periodismo al año siguiente. Y es precisamente el periodismo de investigación lo que está al centro de la cinta Spotlight. Comprensiblemente en la película ese tema central parece pasar a segundo plano al girar la investigación en torno a la pederastia clerical en Boston. De este modo la iglesia pasa también al lado antagónico de los sentimientos del espectador.

Un día después de los Óscares llegó una doble respuesta a McCarthy desde el periódico del Vaticano, L´Osservatore Romano: «No es una película anti católica», escribía Lucetta Scaraffia en uno de ellos, mientras que en el segundo Emilio Ranzato subrayaba que no es anti católica «porque no toca en sí al catolicismo, pero es probable que sea vista como una película contra la Iglesia porque su tono a menudo tiende a generalizar, generalizaciones inevitables cuando se tiene que contar historias en tan solo dos horas».

Por tanto lo primero que hay que reconocer a la cinta es que ha pasado al cine la historia de un encomiable trabajo periodístico en torno a un grave problema real de pedofilia entre algunos miembros del clero en Boston. Conviene subrayar lo de «algunos» porque no es justicia lo que después del Boston Globe hicieron tantas cabeceras de prensa al transmitir la impresión de que la pedofilia en la iglesia es un problema generalizado y exclusivo. Esto no es un decir sino realidad: en Estados Unidos el «John Jay College of Criminal Justice» mostró que entre 1950-2000 el tema afectó sólo al 4% de los sacerdotes. De entre ellos 149 sacerdotes concentraban el 27% del total de las denuncias. Obviamente esto no deja de ser grave pero sí redimensiona el problema.

La tendencia mundial ha sido visibilizar y maximizar los casos de abusos en la Iglesia y apenas dar cobertura a los que ocurren fuera de ella. Philip Jenkins, autor no católico de «Pedophiles and Priests», muestra que los abusos sexuales fuera de la Iglesia no son menos graves (no estaría de más recordar casos recientes como el de la británica BBC y su presentador Jimmy Savile quien cometió más de 700 abusos, la situación de las universidades americanas o algo tan poco sabido como el de los soldados de la ONU en África; curiosa y contrastantemente la BBC se ensañó con la Iglesia católica en ese campo y un Comité de la ONU pidió cuentas al Vaticano en este rubro que la ONU misma tenía reprobado).

Si bien hay que reconocer que Spotlight refleja un trabajo en torno a un hecho verdadero, también debemos decir que hay tendenciosidad al sugerir que el celibato es la culpa de los abusos en la Iglesia. La investigación del «John Jay College of Criminal Justice» evidencia que no es así.

La cinta también invita a pensar que la pedofilia fue favorecida por la actitud conservadora de la Iglesia en materia de homosexualidad y anticonceptivos lo que, según los periodistas del Boston Globe, habría favorecido un lugar de protección para pedófilos. Este punto resulta un tanto hipócrita y no puede achacársele a la Iglesia sino al permisivismo moral del tiempo: en las décadas de los 70´s y 80´s el clima de liberación sexual promovido y tolerado en la sociedad era precisamente el licencioso. ¿Se puede olvidar que –botón de muestra– un grupo político en Alemania, el verde, y otro en Holanda proponían y promovían la legalización de la pedofilia?

Un tercer elemento que Spotlight sugiere es que la Iglesia hizo poco para combatir la pedofilia. En este campo L´Osservatore Romano contesta de forma benévola al limitarse a decir que la narrativa del filme «no profundiza en la larga y tenaz batalla que Joseph Ratzinger, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y como Papa, emprendió contra la pedofilia en la Iglesia».

La verdad es que la película tiene una historia y en esa historia no se incluye lo que era el fin de la investigación de los periodistas del Boston Globe: que la situación cambiara a raíz de la visibilidad del modo errado de haber gestionado el tema de la pedofilia entre el clero de la arquidiócesis de Boston. ¿Y pasó algo realmente? Sí. El mismo año los obispos americanos vieron la necesidad de una política y respuesta común para este tipo de casos. Fue así que nació la «Carta para la protección de niños y jóvenes». Este documento supuso procedimientos uniformes en torno a las denuncias de abusos pues antes de 2002 cada diócesis se las arreglaba por su cuenta. Una de esas medidas fue la así llamada «tolerancia cero». A largo plazo también ha habido consecuencias: para 2015 casi dos millones y medio de adultos y casi cuatro millones y medio de niños han recibido formación por parte de la Iglesia católica y sus instituciones para detectar y reportar abusos sexuales.

Ya antes del Óscar, y ahora mucho más con él, no han faltado quienes han querido remontarse a gestiones deficientes del pasado para reflejar con eso una situación actual que en realidad ya no corresponde a la del hoy en la Iglesia.

Un reflejo de la madurez con que hoy este campo es abordado en la Iglesia católica lo constituye, por ejemplo, el hecho de que Spotlight haya  sido vista por los miembros de la Comisión Pontificia para la Tutela de menores en una proyección privada el 4 de febrero de 2016 (por cierto, esta comisión fue instituida por el Papa al que McCarthy interpela a actuar). El actual arzobispo de Malta y anterior promotor de justicia la Congregación para la Doctrina de la Fe  (el «juez» encargado de procesar a los sacerdotes culpables y de investigar a los acusados) declaró al diario italiano La Repubblica que «Esta película la deben ver todos los obispos y los cardenales, sobre todo los responsables de las almas, porque deben entender que es la denuncia la que salvará a la Iglesia, no la ley del silencio».

Consejo oportuno del arzobispo maltés que también podría valer para  periodistas y medios de comunicación, especialmente para los que aplican otra forma de «ley del silencio» a curas y obispos acusados falsamente. Ha sucedido con el caso Max Davis, obispo castrense de Australia, a quien los tribunales del país de los canguros y de los koalas han absuelto de imputaciones en este campo y al que tanta tinta de escarnio dedicaron los periódicos incluso fuera de la isla. Tras la absolución el silencio ha sido ensordecedor.

La historia detrás de Spotlight dejó a la Iglesia católica una enseñanza convertida en beneficio para todos a partir del caso de Boston pero las lecciones se extienden al hoy del periodismo cotidiano: cuando el periodismo se hace con rigor beneficia a la sociedad y también a las instituciones. Ciertamente no cualquier «periodismo» sino el auténtico, el que contrasta, coteja fuentes, profundiza y publica hasta tener certeza de las cosas.

«El hecho de que de la ceremonia de los Óscares –recogía L´Osservatore Romano– haya salido un llamamiento al Papa Francisco para que combata este flagelo debe ser visto como un signo positivo: hay aún confianza en la Institución, hay confianza en un Papa que está continuando la limpieza iniciada por su predecesor ya como cardenal. Hay aún confianza en una fe que lleva en su corazón la defensa de las víctimas, la protección de los inocentes». Buen comienzo de imitación del trabajo del Boston Globe podría iniciarse investigando precisamente este recorrido. Sería no sólo lo que «Spotlight» enseña a los medios de comunicación sino también la estafeta que a modo de reto les dejan como tarea. Después de todo McCarthy, hijo de padres católicos practicantes, exhortó a «restablecer la fe». ¿Alguien puso atención en esa parte?