No canceles la Navidad

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Dios irrumpe en la historia humana, pero sin violentar. El Dios Amor se propone y se insinúa, nunca se impone. Por eso Dios eligió la noche, una cueva, una humilde pareja y un Niño para hacerse más presente en nuestra vida.

Navidad es la fiesta del amor, la alegría, la fraternidad, la esperanza, la familia, el perdón, la ilusión. Tiempo de regalos, de reuniones familiares, de descorchar champán; tiempo de vestir nuestras calles y casas con luces y colores; tiempo de poner el Pesebre y el árbol; tiempo de los generosos Reyes Magos y de Santa Claus. Pero ante todo es el tiempo del Dios-Niñito-Amor.

Según algunos profetas de desventuras, deberíamos cancelar la Navidad, pues no habría razón de festejo; algunos ven motivos más que suficientes para suspender tanta alegría porque consideran todo esto vacío, hipócrita, falso. Quieren cancelar la Navidad, suspenderla. Que no haya Navidad.

Es verdad que hay mucha gente que en esta época no la pasa bien por las pérdidas que ha sufrido, por las situaciones dolorosas en que vive. Para muchos la Navidad no viene con las alforjas repletas de alegrías externas, sino de ausencias y recuerdos dolorosos. Ellos se asemejan más que otros a esos primeros y verdaderos protagonistas de la Navidad, José, María y Jesús, que desplazados de su casita y sin encontrar un lugar adecuado no tuvieron más remedio que refugiarse en un establo de animales. Solos, sin apoyos, pobres.

Esto nos muestra que la auténtica Navidad no está hecha de luces, de regalos, de figuritas, de comidas. La Navidad es un encuentro: Dios viene a nuestra vida.

¿Pero, dejaremos que nos roben la Navidad? ¿Deberíamos cancelarla porque muchos sufren necesidad o porque otros se quedan en lo superficial? Eso dependerá de cada uno de nosotros, de nuestra actitud real en el festejo.

Dios no suspende su venida: vino hace 2000 años y viene ahora a tu corazón. Él te ama, te busca, te quiere feliz. A Dios no le tumban las maldades, las miserias, nuestros pecados; no le frenan nuestras tibiezas. A esto viene: perdonar errores, sanar heridas profundas, iluminar tinieblas del alma. Y puede hacerlo y lo hace.

Y tú, ¿suspenderás tu encuentro con Dios-Niñito-Amor? ¿Cancelarás tu cita con Él?

  • Si engalanas tu calle y tu casa y tu cuerpo para mostrar la belleza de la vida y de la familia, no canceles la Navidad.
  • Si te reúnes con tu familia y tus amigos, incluso con quienes no conoces, para darles amor y hacerles el bien y fortalecer vínculos, no canceles la Navidad.
  • Si pones el Pesebre para contemplar sosegadamente eso que Dios hizo y sigue haciendo también hoy, no canceles la Navidad.
  • Si compras y entregas regalos regalándote a ti mismo, tu tiempo, tu bondad, tu cariño…, no canceles la Navidad.
  • Si descorchas una botella para festejar el triunfo del amor, no canceles la Navidad.

No canceles lo que es bueno, pero tampoco lo estropees; no dejes que pierda su chispa inquietante. Deja que la Navidad te incomode el corazón.

No te quedes con la superficial Navidad; disfruta y emborráchate de la auténtica Navidad: el festín del amor de Dios-con-nosotros, Enmanuel. Y ayuda a que otros muchos también la vivan con profunda alegría. Seamos todos promotores de la auténtica Navidad.

Feliz Navidad. P. Jesús Pérez García, legionario de Cristo

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Preparar la Navidad: cansancios y esperanza

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Ya hemos llegado al final de curso y casi del año. Tal vez llegamos con poco aliento, muy cansados. Y como todos los años por estas fechas, inicia el Adviento, la preparación para la Navidad. Cansancio y esperanza.

Las muchas y diversas batallas de este 2018 han mermado nuestras fuerzas. Fatiga física y sobre todo del alma por los varios frentes de conflicto: situación económica y laboral complicada para muchos, sociedad encrespada, antagonismos ideológicos. Nos preocupan y ocupan mucho esas causas externas o sociales, pero también otras más domésticas: la educación de nuestros hijos en este mundo tan plural y desconcertante, el cuidado de nuestras familias y matrimonios, el acompañamiento de nuestros seres queridos.

Tal vez todo ese ruido externo (lo social, político, económico) nos quita el foco de lo que realmente nos importa (al menos eso decimos): la familia, nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros amigos. Y esto también nos incomoda y hastía.

Ante tanta crispación, dificultades y cansancio personal, nos viene la tentación de bajar los brazos y aflojar. “¿Para qué seguir remando si parece que todo va a peor?”

“Hace más ruido un árbol que cae, que millares que crecen”.

La esperanza y la fortaleza no brotan de apretar los dientes y los fruncir el ceño. No basta con tomar posición de combate y ponerle garra. La esperanza no nace de nosotros mismos, sino que viene de lo alto, de ese Dios todopoderoso y también misterioso que Jesús nos trae, especialmente en la Navidad.

Por esto en este tiempo en que tal vez muchos sentimos cansancio, desánimo y un cierto abatimiento, podemos recibir la esperanza y la salvación que Jesús nos acerca. Solo el hombre que se reconoce débil, necesitado, vulnerable, solo ese hombre menesteroso está abierto al regalo del amor de Dios. ¡Qué paradoja! El que se siente poderoso no se deja tocar por la esperanza; el que se cree rico y autosuficiente no espera el don y se ahoga en su pretendida seguridad. El pobre, el humilde, el manso… ese levanta la cabeza hacia el cielo y ve a Dios que viene a su encuentro.

Un Dios todopoderoso y eterno que se hace hombre pobre y humilde, que sufre nuestras miserias y que triunfa de nuestra inclinación al mal. ¡De aquí nos viene la salvación y la esperanza!: Enmanuel, Dios con nosotros. Dios viene a nuestra historia, a la historia de la humanidad y a la de cada persona en particular: Dios se hace presente en mi vida.

En la Navidad celebramos esto, el eje central de nuestra fe cristiana: la hazaña del amor generoso, gratuito, desbordante de Dios a cada uno de nosotros. Este tiempo de preparación para la Navidad nos estimula a focalizarnos en Jesús y contemplar la fuerza del amor, que vence todo cansancio y nos llena de esperanza.

María, madre y maestra de los educadores

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Homilía Fiesta de la Natividad de María

Día del maestro en el colegio Oakhill Pilar (8 sept. 2017)

Hoy nos reunimos para esta eucaristía en un día de celebración familiar.

Celebramos la fiesta del nacimiento de la Virgen María y, a la vez, el día del maestro. Y por eso en este día de acción de gracias y de contemplación de María les propongo pedirle a Ella, a la Madre, que ilumine nuestra misión y vocación de educadores.

María, Madre y Maestra de Jesús, Madre y Maestra de la Iglesia, Madre y Maestra de nosotros que somos educadores.

En su vida, sencilla, humilde, callada, encontramos algunos rasgos que nos pueden inspirar mucho en esta vocación docente.

Dios a Ella la llamó a una vocación sublime: dar vida, cuidar y educar a su propio Hijo, al Hijo de Dios. A nosotros Dios nos llama también a cuidar y educar a los otros hijos de Dios. Ciertamente nuestros chicos no son tan buenos como era Jesús; en esto estamos en desventaja. Tampoco nosotros somos tan buenos como María; y en esto ellos están en desventaja. Pero bueno, hagamos lo posible.

Quiero resaltar y proponerles algunos rasgos de la vida de María que pueden iluminar nuestra vocación docente:

  • La vida de María fue austera por necesidad y virtud: su Hijo, Hijo de Dios, fue “el hijo del carpintero”, trabajó con sus manos para ganarse el pan, y en la casita de Nazaret todos trabajaban con sus manos. Jesús aprendió de su madre y de su padre a vivir con esfuerzo, asimiló el valor de las cosas adquiridas laboriosamente.
  • María y José respetaban las leyes y las indicaciones de las autoridades: fueron a Belén para empadronarse obedeciendo el edicto del emperador; fueron a Jerusalén en las peregrinaciones prescritas y realizaron los actos rituales porque sabían que con los ritos se aprende a vivir. Le enseñaron a Jesús a vivir con sentido esas tradiciones.
  • No fue madre ni educadora sobreprotectora, sino que le educó en autonomía: cuando tenía 12 años “se perdió” por haberse quedado solo entre la gente, y luego lo encontraron hablando serenamente con los maestros del templo.
  • Ella educa en sintonía con el padre: “tu padre y yo te buscamos angustiados”.
  • María educa con las palabras pero sobre todo con su ejemplo. En los evangelios no tememos muchas palabras suyas; durante los años de la vida pública de Jesús, ella se mantiene en segundo plano, nunca hace alarde de ser la madre del “sanador”, del maestro.
  • Ella es atenta y solidaria con las necesidades de los demás: cuando están invitados a unas bodas en Caná se da cuenta de que se quedaron sin vino y actúa. Y así será también su Hijo: perciben las necesidades y actúa, sobre todo atendiendo a los pobres.
  • Ella, y también Él, son alegres y participan en las alegrías y en las fiestas: las bodas de Caná.
  • Ella fue servicial y pronta para ayudar: “fue aprisa a la montaña para ayudar a su prima Isabel a estaba en cinta”. Jesús lava los pies a sus discípulos en la última cena, les prepara de comer en la última aparición en el lago de Tiberíades. “He venido a servir, no a ser servido”.
  • En las bodas de Caná, María asume un liderazgo de servicio que no le correspondería, podría haberse quedado con brazos cruzados mirando “no tienen vino”. Pero ella no es así. “Hagamos algo por ellos, hagan lo que Él les diga”.

María, la educadora de perfil bajo pero de altos amores; modelo y ejemplo para nosotros educadores. Nuestros alumnos no son Jesús pero sí son como Jesús y están llamados a ser como Jesús.

Como colegio católico queremos ayudar a nuestros alumnos y a sus familias a formar a Jesús en ellos. Como María tenemos en nuestras manos a Jesús: ese Jesús eucarístico, ese Jesús en el prójimo de estos chicos. Dios nos ha llamado a esta vocación sublime de alumbrar, de dar a luz a Jesús en estos chicos.

La familia ¿en el centro de la atención de la Iglesia?

familia en mejora

Reflexiones después de un Sínodo sobre la familia

Me da la impresión de que una de las mayores tentaciones de la Iglesia es quedarse mirando. Mirándose a sí misma (su organización, su historia, su doctrina, sus seguidores o detractores, etc…) o mirando a Dios, pero un Dios cosificado, idealizado, rígido, no ese Dios real y viviente que está continuamente mirando al hombre, ese Dios vuelto hacia el hombre, ese Dios que siempre está buscando al hombre en su realidad concreta y vital, a veces sangrante, a veces gozosa, hecha de materialidad y de espiritualidad, de los afanes concretos de supervivencia y de búsqueda de sentido de la vida y de felicidad.

Sabemos que la Iglesia “institucional”, su jerarquía, no es toda la Iglesia. La Iglesia somos todos los que seguimos a Jesús, seamos laicos o curas, monjas, obispos. La Iglesia somos todos; y en ella algunos tienen una función de servicio a los demás. Y de eso se trataría, de que sirvan, de que sean útiles, de que presten el servicio que Dios les pide y que los demás necesitan. Pero la Iglesia somos todos, no solo las jerarquías.

Bien, pues esta Iglesia que debe estar continuamente “en salida”, en actitud y actos de servicio, como dice tantas veces el Papa Francisco, se ha propuesto en los últimos años prestar especial atención a la familia, a las familias, a esa dimensión fundamental de la vida de cada uno de nosotros. Para eso se convocó y celebró un Sínodo, una reunión de todos los obispos, que tuvo dos partes fuertes: la asamblea extraordinaria de 2014 y la asamblea ordinaria de 2015. Como siempre, estas asambleas publican un documento que recoge las deliberaciones y las conclusiones y propone pautas de acción. Pero los documentos pueden quedarse en simple papel y bellos discursos llenos de intenciones y reflexiones. O pueden ser programas de acción, guías de nuestro obrar cotidiano y concreto.

Estas reflexiones que ofrezco ahora nacen de mi intento de pasar a la acción, gracias a la invitación que Dios nos hace de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia.

familia en dificultad

  1. Esto de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia, ¿es una corazonada pasajera, una moda? ¿O es realmente central, básico, estable?

La comunidad de los que creemos en Jesús vive en una continua tensión dinámica de mirar hacia Dios y hacia el hombre. De hecho, es la tensión en la que vive todo hombre, que no puede no mirarse a sí mismo, buscar su felicidad y realización, pero que percibe que eso lo logrará sólo saliendo de sí mismo, aceptando su dependencia de Dios y viviendo armónicamente su relación de fraternidad con los demás.

Como enseñan la antropología, la psicología y la sociología, el hombre nace, crece, se desarrolla, se realiza en relación con su entorno, con sus semejantes, en su familia. La vida familiar es tan determinante, que no hay ser humano sin familia, sin pater-maternidad, sin fraternidad, sin filiación, sin relaciones de afecto y parentesco.

Incluso la experiencia religiosa está muy marcada por la experiencia de la familia, no solo por lo que en ella aprende o no de la religión, sino porque al Dios Amor que nos ha creado lo experimentamos a través del amor incondicional de los demás. Quien no ha recibido en el seno de la familia el amor incondicional, protector, misericordioso, tiene serias dificultades para entablar una relación filial y de amistad con Dios. La familia es el nicho más cálido y satisfactorio para el hombre. Si falla la familia, falla el hombre.

No hace falta insistir en la importancia de la familia bien constituida y armoniosa. Pero sí es necesario detener la mirada del corazón y de la acción en esta realidad, pues con frecuencia dejamos de valorar, de cuidar, de mimar las cosas básicas, importantes, cotidianas. Precisamente este es el intento de la Iglesia al llamarnos la atención sobre este tema con el Sínodo: que el cuidado de la familia sea siempre prioritario, activo, constante. ¿Tarea difícil, imposible? Al menos hay que intentarlo.

2. ¿Qué dice el Sínodo?

El documento final del Sínodo se articula en tres partes: 1ª La Iglesia a la escucha de la familia; 2ª La familia en el plan de Dios y 3ª La misión de la familia.

La segunda parte es una recopilación de la doctrina de la Iglesia sobre la familia. Nada nuevo, doctrina tradicional, lo de siempre. Porque el hombre y la familia son lo que son desde siempre, por naturaleza. Con el pasar de los siglos la humanidad ha ido profundizando en el conocimiento de todas las realidades, incluidas las humanas y espirituales; pero esas realidades naturales no cambian, no han cambiado ni un ápice. Telegráficamente podríamos resaltar varios elementos de esta doctrina o concepción de la familia según la Iglesia: la centralidad del amor en el ser humano; el matrimonio como donación del hombre y la mujer en comunión total; características del matrimonio: fidelidad, indisolubilidad, apertura a la vida; la sexualidad como manifestación del amor; matrimonio natural y sacramental; dificultad de vivir en plenitud el amor familiar por la tendencia al pecado, al egoísmo; Dios rescata, eleva y plenifica el amor humano.

La tercera parte del documento expone algunas pautas de cómo la Iglesia debería renovarse para estar al servicio del hombre y de la familia. Son propuestas generales que hay que bajar a la práctica.

Pero ahora la parte que más me interesa ahora es la primera porque nos enseña a no tomar como punto de partida único y exclusivo la doctrina, el “deber ser”. Ciertamente no debemos perder esto de vista. Pero miremos, escuchemos primero la realidad, “lo que es, lo que hay ahora”, la familia como está, con sus sombras y luces, con sus dolores y alegrías. Mirar sin juzgar, mirar sin prejuicios, mirar no para ver lo que queremos ver, sino para encontrarnos, descubrir y valorar lo que hay en el mundo ahora.

3. La Iglesia a la escucha de la familia

¿Qué es y cómo está hoy la familia? ¿Qué dicen las familias de sí mismas? Eso es lo que la Iglesia, lo que los creyentes debemos y queremos escuchar. Bueno, pues escuchemos y miremos a las familias reales y concretas.

Como en el Sínodo no solo participaban obispos, sino también laicos muy implicados en las realidades familiares (ellos mismos familias, matrimonios, y también expertos en acompañamiento y terapias familiares), el documento final refleja -creo que bastante bien- la realidad de cómo están las familias hoy. Y además también hay que reconocer que muchos obispos sí son muy cercanos a la gente y conocen de primera mano las situaciones de la calle.

Todos, según las encuestas, valoramos mucho la familia y la consideramos como la institución más fiable y necesaria, pero luego no la cuidamos tanto como debiéramos. Todos buscamos y necesitamos los vínculos familiares pero éstos a la par sufren mucho por el individualismo y por la presión de situaciones laborales, culturales y políticas.

La cultura dominante en occidente exalta mucho el individualismo, la búsqueda del placer y la libertad como libertinaje. Esto trae como consecuencia la falta de compromiso en las relaciones, la poca capacidad de sacrificio, el desprecio de los derechos de los demás, es decir, vínculos flojos, familias poco estables, poco abiertas a la vida.

Hay además tendencias culturales fomentadas “interesadamente”, con fuerte sesgo ideológico: el feminismo exagerado (la mujer enfrentada al varón, y el varón enfrentado a la mujer, no en relación de paridad, complementariedad y mutua ayuda, sino en competencia desleal) y la ideología del “género” que ignorando la diversidad natural (biológica, psicológica y espiritual) del hombre y la mujer “construye” y da por buenos otros modos de relación.

Las condiciones socio-económicas no siempre son favorables a la familia: migraciones forzosas que desarraigan y separan familias; condiciones laborales que impiden a los cónyuges dedicar el tiempo, las energías y el afecto necesario para el matrimonio y los hijos; economía precaria para sostener a los hijos y a los mayores; pobreza extrema; explotación de la mujer y visión consumista de su cuerpo.

Desde el punto de vista moral y religioso, la vida íntima de las familias tiene muchas dinámicas que no siempre funcionan bien: madurar en el amor conyugal (pasar del enamoramiento y la atracción al amor como compromiso y entrega mutua tota); la aceptación de la debilidad de los otros (enfermedad física o psíquica, vejez o niñez); el esfuerzo por crecer juntos en los propios roles en la prosperidad y en la adversidad; el perdón y la mutua ayuda para vencer las debilidades; la generosidad para darse incondicionalmente.

Todo esto se va dando a lo largo de la vida de las personas y de las familias: soltería, noviazgo, maduración del matrimonio, llegada, crecimiento y partida de los hijos, viudez, orfandad, enfermedades, duelos, éxitos y fracasos laborales, vivencias religiosas y culturales, etc…

Hoy hay familias unidas y felices, con sus luchas, y hay familias que sufren mucho. En cada situación concreta hay amor y egoísmo, elecciones acertadas y equivocadas, actos heroicos y mezquinos. Cada familia está compuesta de seres humanos, y todos los seres humanos tenemos defectos y virtudes, momentos buenos y malos, somos capaces de lo mejor y de lo peor.

Hay familias que sufren por la infidelidad de uno o de los dos cónyuges, que han sufrido abandono o maltrato; hay familias monoparentales debido a causas muy variadas. Hay hijos nacidos de violencia o abandonados o abortados. Hay parejas homosexuales, hay poligamia. Hay matrimonios que se rompen o que han sido nulos. Hay engaños. Hay enfermedades psíquicas y fallos de maduración.

Hay presiones para no tener hijos y también a veces falta de educación y responsabilidad al tenerlos. Muchas familias cuidan con primor a sus seres queridos débiles y ancianos, otras los arrinconan o eliminan. Muchas familias constituyen un auténtico refugio ante adversidades económicas de parientes y amigos.

La legislación de algunos estados promueve y apoya la familia, y la de otros obstaculiza su función social humanizante.

4. ¿Qué hace o qué va a hacer la Iglesia por la familia?

Aunque la familia es un bien natural, es decir, que las personas no creyentes también la viven, la valoran y la defienden, a veces da la impresión de que la Iglesia, la comunidad de los creyentes, se queda sola en esta defensa y promoción de los valores familiares.

Que el amor entre un hombre y una mujer es el verdadero y único fundamento del matrimonio y la familia, que la vida es un derecho inviolable, que hay persona desde el momento mismo de la concepción, que el matrimonio es monogámico e indisoluble, etc… no son dogmas de la fe cristiana, son verdades de razón natural, y por eso la fe cristiana las respeta y defiende.

La experiencia religiosa además enriquece y potencia los valores familiares con un aporte muy significativo: Dios es amor, Dios es familia, y por eso nos enseña, anima y manda amar y defender el amor familiar. Pero no solo lo enseña desde lejos, sino que Dios en esa acción misteriosa e interior en cada hombre le lleva a necesitar y experimentar el amor como una fuerza maravillosa para vivir.

¡Qué bella y compleja es la familia! En ella hombre y mujer, adultos y niños, fuertes y necesitados, todos aportan y reciben, se apoyan y son apoyados. En ella no rige, o no debe regir, la ley de la competencia y del más fuerte, sino la ley del amor incondicional. Es un ideal excelso al alcance de todos, necesario para todos. Este proyecto y comunidad de amor tiene una riqueza tan grande que ilumina toda la vida del hombre. Por eso la Iglesia –y todo cristiano- debe esforzarse por sostenerla, alentarla y promoverla.

 

 

«Spotlight». Los Oscar, el Papa y los abusos sexuales en la Iglesia

Por Jorge Enrique Mújica | jem@arcol.org

(Y hago mío pues me parece un análisis muy interesante)

Nadie esperaba que el Papa terminase en los Óscares de 2016 y, sin embargo, pasó. Entre los eufóricos momentos de la octagésima octava edición de los Óscares se encuentra la referencia que Tomas McCarthy, director de la cinta premiada como la mejor del año (Spotlight) hizo a Francisco: «Esta película dio voz a los supervivientes. Y este óscar amplifica esa voz, la cual esperamos se convierta en un coro que resuene y llegue hasta el Vaticano. Papa Francisco, es hora de proteger a los niños y restablecer la fe».

Corría el año 2002 cuando The Boston Globe publicó el resultado de semanas de investigación que evidenciaron la tratativa que la iglesia católica en Boston había dado al tema de abusos sexuales por parte de algunos miembros del clero. Aquella serie de reportajes obtuvieron el  «Premio Pulitzer» de periodismo al año siguiente. Y es precisamente el periodismo de investigación lo que está al centro de la cinta Spotlight. Comprensiblemente en la película ese tema central parece pasar a segundo plano al girar la investigación en torno a la pederastia clerical en Boston. De este modo la iglesia pasa también al lado antagónico de los sentimientos del espectador.

Un día después de los Óscares llegó una doble respuesta a McCarthy desde el periódico del Vaticano, L´Osservatore Romano: «No es una película anti católica», escribía Lucetta Scaraffia en uno de ellos, mientras que en el segundo Emilio Ranzato subrayaba que no es anti católica «porque no toca en sí al catolicismo, pero es probable que sea vista como una película contra la Iglesia porque su tono a menudo tiende a generalizar, generalizaciones inevitables cuando se tiene que contar historias en tan solo dos horas».

Por tanto lo primero que hay que reconocer a la cinta es que ha pasado al cine la historia de un encomiable trabajo periodístico en torno a un grave problema real de pedofilia entre algunos miembros del clero en Boston. Conviene subrayar lo de «algunos» porque no es justicia lo que después del Boston Globe hicieron tantas cabeceras de prensa al transmitir la impresión de que la pedofilia en la iglesia es un problema generalizado y exclusivo. Esto no es un decir sino realidad: en Estados Unidos el «John Jay College of Criminal Justice» mostró que entre 1950-2000 el tema afectó sólo al 4% de los sacerdotes. De entre ellos 149 sacerdotes concentraban el 27% del total de las denuncias. Obviamente esto no deja de ser grave pero sí redimensiona el problema.

La tendencia mundial ha sido visibilizar y maximizar los casos de abusos en la Iglesia y apenas dar cobertura a los que ocurren fuera de ella. Philip Jenkins, autor no católico de «Pedophiles and Priests», muestra que los abusos sexuales fuera de la Iglesia no son menos graves (no estaría de más recordar casos recientes como el de la británica BBC y su presentador Jimmy Savile quien cometió más de 700 abusos, la situación de las universidades americanas o algo tan poco sabido como el de los soldados de la ONU en África; curiosa y contrastantemente la BBC se ensañó con la Iglesia católica en ese campo y un Comité de la ONU pidió cuentas al Vaticano en este rubro que la ONU misma tenía reprobado).

Si bien hay que reconocer que Spotlight refleja un trabajo en torno a un hecho verdadero, también debemos decir que hay tendenciosidad al sugerir que el celibato es la culpa de los abusos en la Iglesia. La investigación del «John Jay College of Criminal Justice» evidencia que no es así.

La cinta también invita a pensar que la pedofilia fue favorecida por la actitud conservadora de la Iglesia en materia de homosexualidad y anticonceptivos lo que, según los periodistas del Boston Globe, habría favorecido un lugar de protección para pedófilos. Este punto resulta un tanto hipócrita y no puede achacársele a la Iglesia sino al permisivismo moral del tiempo: en las décadas de los 70´s y 80´s el clima de liberación sexual promovido y tolerado en la sociedad era precisamente el licencioso. ¿Se puede olvidar que –botón de muestra– un grupo político en Alemania, el verde, y otro en Holanda proponían y promovían la legalización de la pedofilia?

Un tercer elemento que Spotlight sugiere es que la Iglesia hizo poco para combatir la pedofilia. En este campo L´Osservatore Romano contesta de forma benévola al limitarse a decir que la narrativa del filme «no profundiza en la larga y tenaz batalla que Joseph Ratzinger, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y como Papa, emprendió contra la pedofilia en la Iglesia».

La verdad es que la película tiene una historia y en esa historia no se incluye lo que era el fin de la investigación de los periodistas del Boston Globe: que la situación cambiara a raíz de la visibilidad del modo errado de haber gestionado el tema de la pedofilia entre el clero de la arquidiócesis de Boston. ¿Y pasó algo realmente? Sí. El mismo año los obispos americanos vieron la necesidad de una política y respuesta común para este tipo de casos. Fue así que nació la «Carta para la protección de niños y jóvenes». Este documento supuso procedimientos uniformes en torno a las denuncias de abusos pues antes de 2002 cada diócesis se las arreglaba por su cuenta. Una de esas medidas fue la así llamada «tolerancia cero». A largo plazo también ha habido consecuencias: para 2015 casi dos millones y medio de adultos y casi cuatro millones y medio de niños han recibido formación por parte de la Iglesia católica y sus instituciones para detectar y reportar abusos sexuales.

Ya antes del Óscar, y ahora mucho más con él, no han faltado quienes han querido remontarse a gestiones deficientes del pasado para reflejar con eso una situación actual que en realidad ya no corresponde a la del hoy en la Iglesia.

Un reflejo de la madurez con que hoy este campo es abordado en la Iglesia católica lo constituye, por ejemplo, el hecho de que Spotlight haya  sido vista por los miembros de la Comisión Pontificia para la Tutela de menores en una proyección privada el 4 de febrero de 2016 (por cierto, esta comisión fue instituida por el Papa al que McCarthy interpela a actuar). El actual arzobispo de Malta y anterior promotor de justicia la Congregación para la Doctrina de la Fe  (el «juez» encargado de procesar a los sacerdotes culpables y de investigar a los acusados) declaró al diario italiano La Repubblica que «Esta película la deben ver todos los obispos y los cardenales, sobre todo los responsables de las almas, porque deben entender que es la denuncia la que salvará a la Iglesia, no la ley del silencio».

Consejo oportuno del arzobispo maltés que también podría valer para  periodistas y medios de comunicación, especialmente para los que aplican otra forma de «ley del silencio» a curas y obispos acusados falsamente. Ha sucedido con el caso Max Davis, obispo castrense de Australia, a quien los tribunales del país de los canguros y de los koalas han absuelto de imputaciones en este campo y al que tanta tinta de escarnio dedicaron los periódicos incluso fuera de la isla. Tras la absolución el silencio ha sido ensordecedor.

La historia detrás de Spotlight dejó a la Iglesia católica una enseñanza convertida en beneficio para todos a partir del caso de Boston pero las lecciones se extienden al hoy del periodismo cotidiano: cuando el periodismo se hace con rigor beneficia a la sociedad y también a las instituciones. Ciertamente no cualquier «periodismo» sino el auténtico, el que contrasta, coteja fuentes, profundiza y publica hasta tener certeza de las cosas.

«El hecho de que de la ceremonia de los Óscares –recogía L´Osservatore Romano– haya salido un llamamiento al Papa Francisco para que combata este flagelo debe ser visto como un signo positivo: hay aún confianza en la Institución, hay confianza en un Papa que está continuando la limpieza iniciada por su predecesor ya como cardenal. Hay aún confianza en una fe que lleva en su corazón la defensa de las víctimas, la protección de los inocentes». Buen comienzo de imitación del trabajo del Boston Globe podría iniciarse investigando precisamente este recorrido. Sería no sólo lo que «Spotlight» enseña a los medios de comunicación sino también la estafeta que a modo de reto les dejan como tarea. Después de todo McCarthy, hijo de padres católicos practicantes, exhortó a «restablecer la fe». ¿Alguien puso atención en esa parte?

A ese Cristo que me enamora, lo encuentro en el RC

rostro de cristo 5 caminando juntos

Como cristianos levantamos constantemente nuestra mirada a Cristo, y nos mantenemos así, mirando a Cristo, buscando a Cristo, dejándonos mirar y buscar por Él, por su amor. Y si esto lo debemos hacer siempre, más aún en este día en que celebramos una fiesta muy especial: Cristo Rey, Cristo centro de nuestras vidas, Cristo Rey y centro de todo, del universo. Es nuestra fiesta patronal, del Regnum Christi y de los legionarios de Cristo, y esto es para nosotros motivo de inmensa alegría y de compromiso. Y además en este año que celebramos los 75 años de vida como comunidad evangelizadora.

  1. Miremos a Cristo, a ese Cristo que nos conquista y nos enamora con esa entrega suya tan total.

Ese Cristo de amor misericordioso, de mirada comprensiva. Ese Cristo que viene a salvar, no a juzgar ni a condenar, sino a dar su vida por nosotros. Ese Cristo que nos tiende una mano y nos levanta, que con su mirada serena y comprensiva nos rescata y nos dice: Tú vales mucho para mí, por ti muero en la cruz. Ese Cristo que toma muy en serio nuestra libertad y nuestro amor, que nos respeta pero también nos pide compromiso y amor real, como buen amigo .Cristo coronado de espinas y flagelado, débil y humilde, servidor, no arrogante. Ese Cristo que pasa suavemente a mi lado y me llama con voz cálida: Ven y sígueme.Ese es Cristo, el Cristo que me enamora porque me ama profundamente. El Cristo que conquista mi corazón con su amor tierno, misericordioso, comprometido.

Miremos a Cristo. No quitemos la mirada de Cristo, y aprendemos a mirar a todos como Cristo los mira.

Ese Cristo alegre que va por los caminos de Galilea y de Argentina llamando y buscando a los pecadores para que se conviertan, para que vuelvan a Dios. Que pasa por Galilea y por Argentina llamando discípulos para que estemos con Él, para que le conozcamos, para que nos enamoremos y para que seamos sus misioneros.

Ese Cristo amoroso, porque ama mucho y así conquista nuestro amor. Ese Cristo que no se impone sino que se propone. Así está ante Pilatos, como hemos escuchado ahora en la lectura del evangelio.

Ese Cristo que es Maestro de vida, que nos enseña no con largos discursos sino con su ejemplo de entrega total en la cruz y en la Eucaristía.

Estamos celebrando la Eucaristía, la santa misa, el sacramento de su presencia. Y aquí, les invito a que contemplemos a Cristo, que nos quedemos un ratito mirándolo.

2. A este Cristo lo encontramos y lo seguimos y lo transmitimos en una comunidad, en esta comunidad Regnum Christi.

A este Cristo nos lo presentan y nos hablan de Él nuestros sacerdotes, religiosos, consagradas, catequistas, nuestros padres. ¡Qué importante es que los que tienen que transmitir a Cristo primero lo hayan experimentado de verdad en su corazón! Transmitir la fe, transmitir el amor es mucho más que enseñar en catecismo, es enseñar a vivir con amor en toda la vida, en todos los aspectos de la vida.

Algunos pertenecemos a esta comunidad como sacerdotes legionarios de Cristo, otros como consagradas laicas, otros como laicos comprometidos y otros como amigos que participan de esta espiritualidad y modo de seguir a Cristo.Y esta comunidad está –estamos- celebrando ahora los 75 años de su inicio, y por eso el Papa Francisco nos ha concedido un año jubilar con indulgencia plenaria si realizamos algunos actos buenos, como está en la hoja que tienen.

Uno de esos actos es renovar nuestro compromiso personal con Cristo. Y para ello ahora primero los sacerdotes junto con las consagradas vamos a renovar nuestros votos. Y luego ustedes, laicos, pueden renovar su compromiso. En la hoja que tienen, está la oración de renovación. Quien ya hizo formalmente en su día este compromiso lo puede renovar. Quien no lo ha hecho, puede ver en qué consiste y también rezarlo.

Esta comunidad que ha generado varias obras de evangelización, como este colegio Oakhill, el colegio Mano Amiga, Juventud y Familia Misionera, Escuela de la Fe, Edificar la Familia, Anspac, Virgen Peregrina y otras muchas iniciativas en muchos países, que sirven y ayudan para conocer, amar y seguir mejor a Jesucristo.

A mí, a muchos de nosotros, nos han enseñado y transmitido a Cristo en esta comunidad del Regnum Christi, de los legionarios de Cristo. En esta comunidad yo he conocido a Cristo y he aprendido a amarlo y a seguirlo, y esta comunidad me ayuda a seguirlo y a cumplir su mandato de ir por todo el mundo a predicar su evangelio.

A Dios, a Cristo, lo encontramos y lo vivimos a través de la Iglesia, a través de nuestra familia –iglesia doméstica-, a través de nuestra parroquia, de nuestro colegio, a través de esa comunidad cristiana que me arropa y envuelve y me protege y me nutre. Por eso es tan importante la comunidad.

(Homilía en el Colegio Oakhill, Pilar, Buenos Aires, 21 noviembre 2015)

Sonreír y cantar, porque Cristo está en el centro de mi vida

rostro de cristo 6 ven y síguemeHace unos días un profesor subía las escaleras del edificio de secundaria canturreando una canción, no sé cuál era. Iba alegre cantando, sonriendo. ¿Por qué cantas? Le pregunté. No es normal ver a un adulto subir las escaleras de su lugar de trabajo cantando.

A veces pensamos que en la vida tenemos que ser serios, sin sonreír, sin reír. Algunos tienen envidia de los que van alegres, de los que disfrutan la vida, la amistad con Dios y con los demás, de los que se sienten dichosos porque son amados y queridos por Dios y por los demás.

Algunos piensan que ser cristianos es sacrificarse mucho, sufrir mucho, flagelarse, llorar todo el tiempo, estar siempre muy serios y sombríos. Y eso no es verdad, porque Jesús nuestro maestro no era así.

Los fariseos, como vemos en el evangelio que hemos escuchado, quieren que los discípulos de Jesús haga ayuno, estén siempre muy serios con la cabeza baja y con mala cara de no comer. Y Jesús les dice que sus amigos no deben ser así.

Jesús ha venido al mundo para que todos encontremos alegría, esperanza, ilusión. Cristo vino al mundo para hacer nuevas todas las cosas, para traer amor, alegría, paz, plenitud.

Es verdad que para vivir como Jesús vivió también tenemos que pasar, como Él, por la cruz, por el desprendimiento de nosotros mismos, por la abnegación de nuestro egoísmo y orgullo y pereza. Pero ante todo tenemos el amor de Dios, que es nuestro Padre, amigo y maestro. Él nos ama y nos cuida y nos da todo lo mejor. Si estamos con Jesús no podemos estar tristes ni decaídos ni abatidos, ni siquiera cuando tenemos dificultades, aunque es normal y humano que en muchos momentos sintamos tristeza. Pero Él nos da su gozo, su fuerza. Él nos enseña a amar y nos da fuerza para amar.

Por eso nosotros, seguidores y amigos de Jesús, tenemos que mirarlo a Él, contemplarlo a Él, fijar en Él nuestra mirada y nuestras ilusiones, para qué Él sea nuestro Rey y modelo, el centro de nuestro corazón, de nuestra vida, de nuestra familia.

Cristo Jesús nos sostiene, nos inspira, nos fortalece. Si estamos con Él, nada malo nos puede pasar, y todo lo que nos pase será bueno y fuente de alegría.

Por eso en este colegio tratamos de aprender a mirar a Jesús, a ser amigos de Jesús, tratamos de imitar a Jesús. Y Jesús era un hombre alegre, verdadero Dios y verdadero hombre alegre, generoso, entregado.

Yo me lo imagino caminando por Galilea canturreado por los caminos, bromeando con sus discípulos, sonriendo a todos los que curaba y a los que hacía el bien. Hacer el bien da alegría y paz.

Homilía, viernes semana XXII tiempo ordinario. (Lc 5, 33-39 y Col 1, 15-20)