Cómo defender la fe sin alzar la voz

Respuestas civilizadas para temas polémicos sobre el catolicismo, por Austen Ivereigh

Reseña y recomendación de un buen libro

La apologética (o la defensa de la fe) es un mal necesario. Mal, porque es la forma menos apropiada de hablar de la fe, de la experiencia de Dios; pero necesario porque por desgracia hay ataques, ofensas, desprecios, falsas informaciones a veces incluso malintencionadas. Ojalá siempre demos más énfasis y fuerza a la propuesta positiva, clara, ilusionante de lo que Dios hace en nosotros. Ojalá no tengamos que defender la fe, sino solo proponerla. Pero la vida real nos trae de todo.

Entonces, este libro presenta una brillante exposición de cómo aprovechar este mal necesario para un bien excelso. Porque lo más rico de este trabajo se encuentra en esa vuelta de tuerca que enseña a dar en todos los argumentos: buscar la intención positiva detrás de la crítica, y desde ahí construir un diálogo que afronte los temas con realismo.

¿Qué temas? La Iglesia y la política; homosexualidad y anticoncepción; igualdad y libertad religiosa; muerte asistida; el clero y el abuso sexual; defendiendo a los nonatos; los católicos y el SIDA; el vínculo conyugal en el matrimonio; las mujeres y la Iglesia.

Este libro nació en su primera versión de un proyecto llamado Voces Católicas, creado para la visita del Papa Benedicto XVI al Reino Unido en septiembre de 2010. Había mucho revuelo, muchos temas espinosos que necesitaban unas respuestas que fueran más allá de la defensa.

Si los primeros 9 capítulos resultan interesantes por la argumentación, por la vuelta que da a los planteamientos para hacerlos amigables, el último es una joyita porque repasa los diez principios para una comunicación civilizada. Me hace recordar a un libro que leí hace mucho tiempo: “´¿Cómo dialogar sobre la fe?” de Clemens Tilmann; todo un clásico que recomiendo vivamente.

Madrid, mayo 2021

Los 5 lenguajes del amor

Es todo un clásico… no haber leído un clásico. A eso le puse fin hace unas semanas dedicando sabrosos ratos a leer este gran clásico a Gary Chapman. Aunque seguro que me quedan muchos más.

No es un libro de “autoayuda para parejas”, sino la exposición basada en experiencia clínica, en evidencia científica y en práctica relacional de unos principios muy claros que ciertamente ayudarán mucho a las parejas y a todas las personas que quieran mejorar en su donación a los demás.

Me sucede con frecuencia, y creo a muchos otros también, que muchas intuiciones sobre cómo relacionarme mejor con las personas a las que quiero se me quedan en “buenas intenciones”, en “quisieras”, y poco pasan a la acción. Con leer y reflexionar un libro como este no se solucionan mágicamente mis dificultades, pero encuentro una buena pista, un buen estímulo.

Así que tengo entre mis manos una buena guía de trabajo para mejorar en eso que sé que es lo fundamental de mi vida (no es la fama, ni el dinero, ni el poder, ni la salud): el amor a los demás, y especialmente en la familia.

Y aunque un buen resumen puede ayudar, no te pierdas todos los casos y experiencias: “eso es lo que me pasa a mí…”

Y no dejes de hacer el test para saber cuál es la forma de recibir amor que tiene tu cónyuge, y ahí poner todas tus pilas.

(A continuación resumen y test tomados de Revista Misión n. 48, 2018)

Madrid, mayo 2021

¿El último papa de occidente?

El título me deja intrigado. El contenido da mucho que pensar, y seguramente eso sea lo más provechoso: repensar la historia y los hechos, no quedarse en los tópicos, no permanecer prisionero de los tabués culturales, escapar de la indolencia y la mediocridad.

El autor me parece un confeso admirador de Benedicto XVI (y esto lo comparto) y un buen analista de la batalla cultura que este gran Papa libró desde su etapa de docente universitario: que Europa no agonice por perder sus raíces judeocristianas.

Pero rezuma un cierto pesimismo. Para Meotti la batalla está perdida, el gran guerrero se tuvo que retirar falto de fuerzas y Europa está en un declive irreversible: la baja natalidad es solo consecuencia de la falta de valores y de esperanza de futuro; el islam se impone por la languidez del cristianismo secularizado, etc.

Ciertamente Meotti recuerda esa profecía de Ratzinger: en Occidente la Iglesia llegará a ser una minoría insignificante; “los creyentes cristianos deben concebirse a sí mismos como esta minoría creativa y contribuir a que Europa recupere de nuevo lo mejor de su patrimonio y estar así al servicio de toda la humanidad”.

Pero al leer este recomendable libro a mí me surge una inquietud: no importan los números, las masas, las instituciones. Lo importante es la intensa experiencia espiritual de las personas para dejar que Dios actúe a su estilo: morir para vivir. Las batallas culturales son importantes, pero van más por las experiencias personales que por las ideas y el influjo social. Y hacia eso nos ha llevado el gran Papa Benedicto y por eso fue incomprendido para muchos.

Madrid, abril 2021

El dilema de las redes sociales

Hace una semanas se estrenó en Netflix el documental “El dilema de las redes sociales” que ha suscitado polémica, alarma y reflexión.

Aquí adjunto para descargar una guía para padres de familia que quieran ver y comentar con sus hijos este documental para ser más conscientes de la influencia que tienen en nosotros las redes sociales, y para adoptar las medidas oportunas para usarlas bien y evitar consecuencias peligrosas.

Personalmente recomiendo ver este documental, tanto los adultos como los jóvenes y adolescentes.

¿Caminante o peregrino?

Agosto 2020, preparando el Camino

A Compostela… pero ¿de qué vas por el Camino de la vida?

Hay muchas formas de ir por la vida, de caminar y de vivir; depende de tu actitud y tu planteamiento existencial. Ahora que vas a empezar el Camino de Santiago, te propongo que reflexiones qué tipo de caminante eres.
 1. fugitivo: casi no le importa a dónde ni con quién ir. Lo que cuenta es escapar: de la ley, del enemigo, de un amor exigente, de sí mismo…
 2. viajante de negocios: solo le importa llegar para hacer lo suyo; lo demás… ahí se queda.
 3.  dominguero: despacio, mirando el paisaje sin importarle los que vienen detrás o delante. Solo disfruta el momento presente, sin objetivo.
 4. turista selfista: va sacándose fotos en todos sitios para cazar likes, sin gozar de la compañía ni de los paisajes. Vive de lo que aparenta para los demás.
 6. Sentado sobre la vida: la vida le pasa por encima, la vive pero él no vive, sino que es vivido. Ve pasar a los demás y cree que eso es vivir (vivir las vidas de otros, en Netflix).
7.  vagabundo: camina posiblemente más que otros pero sin meta, ni rumbo
8. peregrino: su caminar refleja el ritmo de la vida, paso a paso, con calma y sin pausa. Parte de sus raíces, que con el andar y el pensar se profundizan y purifican. Se dirige a una meta, que es más que un lugar, es el encuentro consigo mismo, con Dios y con los demás de un modo nuevo.
Peculiar estilo de caminar: austero, pensativo, compartido.

Un peregrino no es un simple caminante, un escursionista.
Solo vas más rápido, pero en compañía llegas más lejos.

Jesús de Nazaret, un peregrino de hace 20 siglos dijo; “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida”.  Vamos al encuentro de ese Peregrino, que a su vez viene a tu encuentro y te conduce a la verdadera Vida.

Cristianos sin iglesias. O revalorizar las iglesias domésticas

covid19

Abril 2020

P. Jesús Pérez, lc

El confinamiento nos ha obligado a vivir encerrados, más hacia dentro de nuestras casas, y ojalá estemos aprovechando para vivir un poco más hacia dentro de nosotros mismos, no en un repliegue egocéntrico sino en una concentración atenta a las cosas importantes. Ojalá estemos dedicando tiempo para pensar, pensar mucho, en nosotros mismos, en los demás, en nuestros vínculos, en Dios, en el sentido de nuestra vida, de nuestro trabajo…

Pensar… algo que hacemos siempre, a todas horas. Pero pocas veces tal vez nos paramos a pensar largo rato, con la mente en blanco pero a la vez con los colores de la vida. Pensar… requiere tiempo, calma, pausa, apartar ruidos y entretenimientos (¡y tenemos tantos, tantos!). En este tiempo de confinamiento, podemos tener más tiempo para pensar.

Y para los creyentes esto es también bueno, muy bueno. Cierto, no podemos acudir a los templos, a las reuniones de nuestras parroquias y grupos, a los sacramentos; y esto seguramente lo echamos en falta; hasta nos ha podido enfriar o distanciar. O tal vez nos haya hecho pensar y valorar lo esencial.

Como alguno ha expresado con gracia: con un virus el demonio habría cerrado las iglesias, pero con el mismo virus Dios ha hecho de cada hogar una iglesia doméstica.

Lo importante y esencial de nuestra vida cristiana no es ir al templo, sino ir a Dios; no es estar en un lugar sagrado, sino estar con el Santo Dios. Y eso no nos lo quita ni una pandemia, ni una guerra, ni una persecución.

Podemos prescindir de los templos; ya lo hemos vivido en otras épocas y no ha pasado nada, o mejor, pasó algo asombroso: la fe cristiana brotó con más brillo. Algunos piensan que las iglesias y las catedrales son imprescindibles, necesarias. Y no saben que en muchos tiempos, en muchos lugares, los cristianos vivieron y viven sin templos. Nosotros ahora sí tenemos templos, aunque por el momento no podamos ir a ellos con toda la frecuencia que quisiéramos.

Las iglesias no son la Iglesia. Y ahora nos toca vivir nuestra fe en nuestras casas, con esos ritos sencillos familiares o incluso personales que son impulsos hacia Dios. Ahora vivimos como comunidad de creyentes ayudándonos de los medios tecnológicos para levantar nuestra mirada hacia Dios, para compartir con los demás nuestras vivencias de fe.

La vida cristiana es una relación personal con Dios, ese Dios Padre que me ha creado, ese Dios Hijo que se hizo hombre, murió y resucitó por mí; ese Dios Espíritu que habita en mí y me moviliza, me fortalece, me consuela, me da el amor.

Pero nuestra vida cristiana no queda en una nebulosa espiritualoide abstracta; se encarna y concreta en todas las facetas de nuestra humanidad: familia, amigos, trabajo, tiempos y lugares y experiencias, amores, miedos y tensiones…

Y también necesitamos espacios físicos y espacios afectivos relacionales. Igual que una persona y una familia necesita una casa, un coche, una escuela, un supermercado, un teatro y una plaza, etc… también necesita una iglesia. Ninguna de esas “cosas-instituciones” es indispensable en sí misma, pero contar con ella ayuda; ayuda a algo, a desarrollar una faceta de mi vida.

Necesitamos los bares para tomarnos una cerveza con los amigos; necesitamos las bibliotecas, los teatros, las peñas futbolísticas… para nuestra cultura, para la diversión, etc. Podemos no ir y ser amigos y ser cultos y ser socios, pero esos lugares nos ayudan. Y ahí “volveremos a brindar” (como dice la preciosa canción de Laura Gil).

También volveremos a las iglesias para brindar por la vida. Algunos tienen prisa por volver, por poder tener los sacramentos y las celebraciones; y reclaman valentía para reabrir las iglesias. Eso manifiesta su deseo y su necesidad, y está bien, muy bien. Pero las prisas no son buenas consejeras. Se requiere valentía para eso y para lo contrario, pues lo importante es buscar y ofrecer realmente lo mejor para los demás, para todos: ahí está el derecho-necesidad-obligación de libertad de culto y de la práctica religiosa en la vida pública, y está el derecho-necesidad-obligación a la salud y a la protección. Seamos valientes para todo, y tal vez no sea fácil compaginar todo.

Lo importante es la vida de comunidad, no la reunión en cuanto tal, ni el edificio. En estas semanas hemos visto muchas comunidades muy vivas a pesar de que no hay contacto físico ni reuniones presenciales. Se ha suplido con mucho cariño, imaginación y los fascinantes medios tecnológicos. Aunque extrañamos los abrazos, los besos, la cercanía física…

En mi comunidad, el Movimiento Regnum Christi, como en tantas otras, se han multiplicado las iniciativas de oración en común, de misiones digitales, de teletrabajo en conjunto, de asistencia a familias necesitadas repartiendo alimentos, de acompañamiento telefónico, etc…

A todos se nos llena la boca diciendo que la familia es lo más importante en nuestra vida, que es la institución más valorada en la sociedad. Pero tal vez no era la más cuidada, a la que más tiempo y energías dedicábamos. Ahora tenemos una magnífica oportunidad para progresar en esto. Ojalá estos tiempos de confinamiento en casa sirvan, sobre todo, para reforzar nuestros lazos familiares, para estrechar los vínculos porque dedicamos más tiempo y atención a las personas que a las actividades y aparatos.

La familia siempre nos arropa y cobija, nos sostiene y acompaña a lo largo de nuestra vida. ¡Difícil crecer y desarrollarse sin la familia, comunidad primigenia, anterior al Estado y a cualquier otra forma de sociedad!

Hay una expresión que me encanta y que últimamente está más de moda: “familia, iglesia doméstica”. Así se llamaban a las primeras comunidades cristianas, allá en el primer siglo de nuestra era, cuando no había templos cristianos, sino que la vida de esas pequeñas comunidades de creyentes (sacramentos, predicación de la Palabra, ejercicio de la caridad) se hacía todo en las casas. Era un cristianismo “doméstico”, familiar. Luego llegaron los tiempos en los que la gran afluencia de personas creyentes hizo necesario usar edificios más grandes, los templos. Pero la “iglesia doméstica” sigue siendo la forma esencial de vivir la fe: en familia, con afecto y cercanía, transmisión de padres a hijos, entre familiares y amigos.

Obviamente, nada tengo contra las multitudinarias manifestaciones de la fe, me parecen muy buenas; pero no solo lo esencial y básico. Y eso lo vemos ahora muy clarito.

La fe, que no es una doctrina ni un sistema de moral, sino un estilo de vida y una inspiración, se transmite y se vive a través de los vínculos personales, sobre todo en la familia. En estos días -¡y antes también!- he visto muchas familias con muchos gestos pequeños pero intensos para vivir su fe cristiana con mucha naturalidad, alegría, profundidad.

Se me ocurre hacer una pequeña lista de sugerencias para estos días, y también para cuanto termine el confinamiento:

  • Rezar juntos en familia: en pareja, con los hijos; que nos vean orando.
  • Leer juntos la Palabra de Dios y entre todos comentarla.
  • Montar un espacio en el hogar especialmente dedicado a Dios, a María: una imagen con flores, con dibujos, con una vela aromática.
  • Hacer juntos propósitos para el día: metas de estudio, de trabajo, de mejorar las relaciones.
  • Rondas de compartir experiencias, recuerdos, las cosas que más te han gustado, o que te sucedieron.
  • Asambleas familiares, (algo muy bonito que aprendí en Argentina…) que son momentos preparados con ambientación y algo para picar, en los que todos -libremente- expresan lo que sienten; a veces sobre un tema previamente acordado, o de tema libre.
  • Divertirnos juntos: bailar juntos, participar en fiestas online, cocinar con algunos detalles especiales.
  • Proponernos como familia ayudar a otros: favores a vecinos, llamadas telefónicas a familiares, amigos y no tan amigos.
  • Y muchas más que a cada familia se le ocurra.

La soledad y el aislamiento no son buenos. O tal vez sí. Pueden llevarnos a conocernos, valorarnos y estimarnos a nosotros mismos. Nuestra sociedad tan avanzada y tecnificada muchas veces no nos deja espacios para la soledad reflexiva, para la rica interioridad que nos descubre a nosotros mismos. Huimos de la serena seriedad zambulléndonos en mil actividades, imágenes, sonidos, conversaciones, noticias, juegos, series, experiencias de otros… y nos alejamos de nosotros mismos, de nuestro centro: la conciencia personal.

Este tiempo de pandemia es una oportunidad.

altar domestico

Solo el amor hace llevadero el sacrificio

Mirar a Cristo

P. Jesús Pérez García, lc.,

Avila, marzo 2020

Propongo iniciar esta reflexión cuaresmal leyendo y meditando un pasaje evangélico:

(Mc 10, 32-45) “Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer: He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará.
Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos. El les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaron a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado. Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse contra Jacobo y contra Juan. Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”

 

“Tened las mismas actitudes de Cristo”

El camino de la cuaresma no es solo nuestro, ni siquiera es principalmente nuestro. Es ante todo el camino de Cristo, y nosotros vamos con Él.

Él va delante, como paso decidido, con corazón decidido. Sabe a lo que va, y nosotros le acompañamos, no con la presunción de Tomás -“vayamos y muramos con Él” (Jn 11, 16)-, sino con la humildad de quien acepta su invitación: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (Mc 8, 34).

Nosotros somos seguidores de Jesús; nuestra vida y nuestros trabajos son por Jesús, en Jesús, con Jesús.

Acompañamos a Cristo que sube a Jerusalén para ser condenado. Él avanza con paso firme hacia su muerte, que también es su triunfo. Él, verdadero Dios y verdadero hombre, sabe muy bien a dónde va y qué le espera: para esto ha venido al mundo, para dar testimonio de la verdad y para entregar su vida en rescate de muchos (Jn 10,10 y Mt 20, 28).

Sabe muy bien, y así se lo dice a sus amigos discípulos, que va a ser traicionado por uno de los suyos, va a ser juzgado culpable fraudulentamente, le van a torturar, va a morir de una forma terrible. Lo sabe, y se lo anuncia a sus amigos con serenidad y calma, porque sin dejar de costarle y serle aborrecible todo esto, tiene muy en cuenta que así va realizar el plan amoroso de redención que trazaron desde toda la eternidad. Y donde hay amor, el sacrificio se asume con confianza.

En esta hora de nuestra cuaresma y de nuestro camino particular, escuchemos la exhortación de san Pablo (Fil 2, 5): “Tened los mismos sentimientos, actitudes, de Cristo”. Las actitudes de Cristo, podemos aventurarnos, podrían ser las siguientes:

  • Pena y pesar: pues no es agradable lo que le viene, es horrible.
  • Determinada determinación: va a poner por obra el plan de Dios para salvar a los hombres, ¡ya ha llegado la hora, el momento culmen de su vida y su misión!
  • Amor: va pensando en cada uno de nosotros, en que nos va a reconciliar con el Padre, en que nos va a dar la vida eterna y verdadera, en que nos va a enseñar la senda del amor…
  • Rabia o tristeza: pues algunos (¿muchos?) no le comprenden, no van a valorar lo que está por hacer por nosotros. ¿Será en vano todo esto?
  • Soledad: muchos de los suyos no están en la misma sintonía, todavía no se enteran, lo harán más tarde, pero ahora le dejamos solo…
  • Compasión: “No saben lo que hacen… Padre, no les tengas en cuenta este desamor”.
  • Y muchos más sentimientos encontrados y en pugna que bullen en su mente y corazón ante la inminencia de algo tan grande, tan difícil y a la vez tan deseado por este hombre tan perfecto, tan admirable, tan sensible… Tratemos de compenetrarnos con este hombre-Dios en este momento sublime.

Mirar a Cristo, y dejarme mirar por Cristo

La Cuaresma, y toda nuestra vida cristiana, es mirar a Cristo, contemplar su vida, sus actos, sus sentimientos y actitudes, para tratar de compenetrarnos con Él. Una devoción cuaresmal muy interesante es el Via Crucis. A veces la desvirtuamos insertando reflexiones piadosas y buenas, peticiones y alusiones a nuestro contexto; pero si esto nos distrae de lo fundamental -contemplar cómo Cristo vive su camino- nos perdemos lo mejor. Es un ejercicio contemplación atenta, reposada, íntima, detallista. No se trata de “recorrer” estaciones, de pasar por encima escenas, de cruzarnos con algunos personajes ni de pías elucubraciones teológicas… Cristo quiere que le acompañemos a Él en cada paso, que nos fijemos en lo que le cuesta respirar, que nos demos cuenta de lo que siente en su cuerpo y en su alma, que nos compenetremos con Él.

La contemplación externa de las escenas, de las personas, de los sucesos, nos lleva a poder interiorizar e intuir mejor de las actitudes y el amor con que Cristo vive estos momentos: en qué piensa, en quién piensa, qué se le pasa por la mente y por el corazón, a quién se dirige con la mirada.

También podemos contemplar los efectos de la pasión de Jesús en las personas que lo acompañan en esos momentos, y a lo largo de la historia: la honda desolación de su Madre María, la confusión y luego la gratitud del Cireneo, el asombro de la Verónica, las lágrimas de arrepentimiento de Pedro, la ternura de la madre al recibir el cuerpo destrozado, el despiste general de muchos mirones…

Y posiblemente en esa contemplación mi corazón se sienta interpelado e identificado en algún momento, con algún personaje. Yo también estoy ahí realmente presente junto a Cristo, mirándolo y dejándome mirar por Él. En la quietud de la contemplación, me dejo interpelar por su mirada.

La oración de contemplación es fácil y sencilla, está al alcance de todos. Romano Guardini decía que es algo tan natural al alma como la respiración al cuerpo. Pero a los hombres no se nos dan bien las cosas sencillas, nos complicamos mucho, y más a los hombres modernos. Contemplar es fácil y simple, pero requiere fijar la mirada, y eso nos cuesta, porque tenemos muy a gala ser “multitasking”, multifunción, multifocal. No nos divierte quedarnos en un punto, en reposo, en silencio admirativo; tenemos que pasar velozmente de una cosa a otra, sin detenernos contemplativamente. Creo que ya todos tenemos ADD (trastorno por déficit atención) pero no innato, sino adquirido muy a pulso, a golpe de intentar atender varias pantallas y varios temas a la vez, a golpe de perezosa dispersión mental, por descuido de la interioridad y del silencio en nuestras casas, en nuestras iglesias. Nos divierte esta “enfermedad moderna” a la que no damos importancia y que sin embargo nos está matando el alma, la capacidad de contemplar, de admirar, de amar. Sabemos que el viejo refrán tiene toda su vigencia: el que mucho abarca poco aprieta…

Acertar con el motivo

Para prepararme a un encuentro he de pensar en la persona o personas que me van a recibir, en el estilo de reunión de que se trata. Si me convoca a una joven pareja que está celebrando su matrimonio, o el cumpleaños de su hijo; o si quiero acompañar a unos amigos que acaban de perder a su padre, o que están muy angustiados en el hospital con hijo pequeño… Cada encuentro requiere una disposición interior y exterior, por respeto y por amor a mis amigos.

También el encuentro de la oración nos demanda una disposición. Pensemos cómo quiere y necesita Cristo que yo le acompañe.

A veces los católicos podemos ser muy moralistas y voluntaristas: nos esforzamos por vivir virtuosamente para demostrar a Dios -y a nosotros mismos- que somos buenos. Hacemos oración, cumplimos devociones, nos comportamos “como Dios manda”… pero no por amor, sino por un deber categórico aprendido, o por una autoproyección moralista. Y el amor se nos escapa como agua de entre los dedos, incapaces de aferrar lo inaferrable, ignorantes de que ese amor es un regalo misterioso y místico, una experiencia que se nos da y para la que solo podemos disponernos con humilde receptividad.

Y es que en esencia la vida cristiana tiene ese fondo místico que lo explica todo, y sin el cual nada se sostiene. Vida cristiana no es solo un comportamiento cristiano; parte y se despliega de una experiencia sencilla y profunda que un cristiano de la segunda generación expresó así: “Me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20), por eso, “no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 19).

El único motivo válido para acercarnos a la Pasión de Cristo es el amor, el darnos cuenta del gran amor que Dios nos tiene. Quien piense que la vida cristiana está hecha toda ella de renuncia, tristeza, sacrificio de sí mismo… no se ha enterado de que esa es solo una cara, la menos noble, de la moneda; no ha entendido que el centro de todo es el amor, el compartir vida, el gozo de dar…

En nuestra vida, pasaremos por momentos fáciles y otros muy escabrosos; por alegrías inmensas y por infortunios que no deseamos ni a nuestros enemigos… pero en toda vida humana hay cruces. Lo importante es con qué actitud vivimos todo esto. Si tengo un motivo grande, superaré todo con elegancia.

Cuenta la leyenda que el gran Arquímedes de Siracusa, el más ilustre científico del mundo antiguo, arrastrado quizá por un entusiasmo desmedido ante su descubrimiento de la ley de la palanca, habría exclamado con soberbia: “Dadme un punto de apoyo y moveré al mundo”.

La palanca: máquina simple que consiste esencialmente en una barra que se apoya o puede girar sobre un punto (punto de apoyo o fulcro) y está destinada a vencer una fuerza (resistencia) mediante la aplicación de otra fuerza (potencia). Arquímedes formuló la ley de equilibrio de la palanca, que no solo es aplicable al mundo físico, sino también al espiritual: “dadme un punto de apoyo y una fuerza, y os moveré el mundo”.

Sin embargo, cuando una persona no vive con amor y desde el amor:

  • huye de todo esfuerzo y sacrificio, aunque estos siempre le alcanzan, de alguna manera, pues la vida humana es frágil;
  • cae en la desesperación al no poder huir;
  • prueba la amargura del sin sentido y de la huida a toda costa;
  • tal vez afronta la vida con simple resignación, esperar pasivamente que pase el chaparrón…
  • no hace nada por los demás, ¿para qué?
  • algunos, raros, caen en el masoquismo: que es esa complacencia morbosa y enfermiza en sentirse humillado o maltratado.

El cristianismo no es una religión de penitencia, de negación de lo placentero, es la religión de la relación, del amor, del vínculo.

“La experiencia mística lleva a la ascética; y la ascética hace posible la mística”

Es verdad que Jesús nos dice “el que no abraza su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. Pero Jesús no era un amargado, ni un masoquista. Es un Dios realista que sabe que la vida humana es frágil, tiene sus contratiempos y debilidades y que encuentra su climax no en el placer sino la felicidad.

Muchas veces las relaciones personales y los vínculos nos hacen sufrir, pero también son los que más nos hacen gozar. Hasta disfrutamos más de los pequeños placeres si tenemos ocasión de compartirlos con la familia y los amigos.

La experiencia humana, no solo religiosa, nos lo muestra así. Un enamodado-a por su amado-a madruga para ir temprano a  verlo. Un padre y una madre renuncian a muchas comodidades y planes personales por sus hijos. ¡Esos son grandes sacrificios! Pero también se goza inmensamente con su presencia, con sus triunfos, con su felicidad. Un padre sufre con su hijo que sufre, y preferiría cargar él mismo con esas penas. Y goza y se enorgullece de la felicidad de sus hijos.

El amor atrae, el amor lo puede todo. El amor vence todas las barreras y remueve todos los obstáculos que se interpongan, purifica todas las conciencias y da alas para el camino.

“Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el amor”. (Carta atribuida a Albert Einstein a su hija Lieserl)

 

Convertir la palabra

palabra performante

Ávila, marzo, 2020

P. Jesús Pérez García, lc

El poder de la palabra

Una palabra puede destruir un imperio, puede romper una persona, puede sanar una herida, puede restaurar la fama, puede enaltecer una figura. O todo lo contrario.

Palabra hablada que se lleva el viento o palabra esculpida en piedra que permanece por siglos. Palabra divulgada o palabra guardada en secreto. Palabra dicha con verdad o con ánimo de engañar. Palabra personal o colectiva institucional.

Escrita, hablada, actuada, interior y exterior, grabada, reproducida, en bronce, ignorada.

La palabra es siempre humana, de una persona, con una intención y una carga de objetividad y subjetividad. Palabra bienintencionada o malévola; sopesada o dicha al tuntún, hilvanada, caótica. Con segundas intenciones o diáfana; estructurada, alocada; avalada o desmentida por las obras, incoherente, incongruente, falsa, hipócrita. Auténtica, de peso, magistral.

Escuchada, ponderada, asimilada, ignorada, acogida, respondida, refutada.

Palabras que arrastran a otros, o que pasan sin pena ni gloria. Importantes, o vacuas que se creen importantes; humildes, serviciales, constructivas.

La palabra o el silencio. Palabra de hombre, palabra de Dios.

Performativa

La palabra tiene una propiedad intrínseca: es performativa. ¿Qué significa esto? La palabra no solo dice, sino que también hace; no solo manifiesta sino que también da forma y da ser. Y esto se puede ver en varios ámbitos.

En el ámbito pedagógico, si el educador repite con insistencia a su pupilo que es capaz, o lo contrario, que es un inútil, esa palabra hace mella en su personalidad, refuerza o mina su autoestima y da forma a su dedicación.

En los grupos humanos se difunden estados de ánimo colectivos por la repetición de eslóganes y de motivaciones. La historia nos muestra ejemplos de sociedades erigidas con palabras repetidas hasta que han parecido verdad: el imperio soviético y el tercer Reich. Y también nos ofrece la bella contemplación de la palabra pacifista de Gandhi que derrocó la colonia clasista inglesa, y la siliente alocución de Mandela sobre la igualdad de blancos y negros.

Nuestra fe cristiana enseña que la Palabra de Dios es performativa en la acción sacramental: indica y describe la acción de Dios, pero sobre todo realiza la presencia de Dios en nosotros.

La Palabra de Dios es performativa porque en Dios hacer y decir es la misma operación: nos dice y nos hace sus hijos amados; nos llama y nos hace rescatados y redimidos.

La Palabra de Dios proclamada por sus profetas y enviados (apóstoles) tiene muchas facetas o funciones: denuncia el pecado, consuela, guía hacia Dios, recuerda el camino, anima, exhorta, corrige, reprende. Esa Palabra dirigida a un grupo de gente, conforma y da forma a un pueblo, a una comunidad. Ante todo, es la Palabra de Dios dirigida a su pueblo, a su querida humanidad. Dios nos dirige su Palabra, Él mismo se dirige a nosotros, nos toma en consideración.

Dios crea con su Palabra. Al dirigir su pensar y su querer a alguien, le da vida y existencia, y con su Palabra y su afecto, si la persona colabora libremente, la va haciendo más divina. Esto es un nivel ontológico de transformación, espiritual pero real.

Nuestra sociedad necesita recibir y escuchar más la Palabra de Dios, necesita que esté presente en ella, pues corre el riesgo de ser una sociedad sin Dios y una sociedad que se vacía de sí misma, que corre en dirección contraria a la manifestación performante de Dios, corre hacia la nada.

La sociedad necesita palabra de Dios

Dios transmite su Palabra a través de la Iglesia, que es a la vez destinataria y portadora; recibe la Palabra para ser el Pueblo elegido y amado por Dios y para transmitirlo a todas las naciones, a fin de que lleguen a la plenitud de vida en Dios.

La Palabra que vive y que recibe la Iglesia, se despliega en una tensión: su origen y su destinatario; no puede descuidar ninguno de los dos polos:

  • Es Palabra de Dios: la Iglesia tiene que ser fiel a Dios, la fuente de la Palabra y de la acción.
  • Es Palabra para los hombres: debe adaptarla para hacerla comprensible y aceptable.

Un mundo donde no resuene la Palabra de Dios, adecuada a la sociedad y a la cultura, deja de tener presente a Dios.

A nosotros, cristianos, nos corresponde adaptarla, adecuarla, disponerla de manera que sea grata y fácil de oír.

¡Cuántas obras de arte de la palabra que han transmitido la Palabra! Los Miserables, de Victor Hugo, Las crónicas de Narnia, de C.S. Lewis, por poner solo dos ejemplos de literatura. No son “novelas ejemplares” ni vidas de santos, ni género estrictamente religioso. Eso por no hablar de literatura religiosa.

Convertir mi palabra:

  • Hacer la palabra auténtica
  • Hacer la palabra adaptada y respetuosa
  • Hacer la palabra verdadera
  • Hacer la palabra alegre y esperanzada
  • Hacer la palabra constructiva, aunque a veces requiera de fases destructivas o correctivas.

Enamorarse es un acto de hulmidad

Giving a helping hand, and active fit lifestyle concept.

Enamorarse de verdad es decirte “te necesito”.

Ayer leí un texto que me emocionó, y lo comparto, porque es paradógicamente maravilloso. Es del P. Rainerio Cantalamessa, en su libro La sobria embriaguez del Espíritu. Te invito a leerlo y meditarlo con calma, estés o no casado.

Quisiera aludir ahora a algunos de los aspectos en los que la humildad resulta particularmente necesaria. Ante todo, el de la fa​milia: cómo y porqué ser humildes en el matrimonio.


Yo digo que la humildad ha sido inventada por Dios también para salvar a los matrimonios. El matrimonio, entendido como el amor entre el hombre y la mujer, nace de la humildad. Ena​morarse de otra persona -cuando se trata de verdadero enamoramiento- es el acto de humildad más radical que uno se pueda imaginar. Significa dirigirse a otra persona y decirle: Yo no me basto a mí mismo, no soy suficiente a mí mismo; necesito tu ser. Es como tender la mano y pedirle a otra criatura la limosna de un poco de su ser. Repito: es el acto de humildad más radical. Dios ha creado al hombre necesitado, mendigo; ha grabado la humildad en su misma carne, cuando los ha creado varón y mu​jer, es decir, incompletos. Ha hecho, desde el principio, a dos se​res en movimiento, que se buscan el uno al otro, “insatisfechos” cada uno de sí mismo. Ha puesto así a la criatura humana como sobre un plano inclinado hacia arriba, no hacia abajo, porque la unión tenía que elevarla desde el otro sexo hacia el Otro por ex​celencia, que es Dios mismo.


Por tanto, el matrimonio nace de la humildad, y si nace de la humildad de la condición humana no puede sobrevivir más que en la humildad. San Pablo decía a los esposos cristianos: “Revestíos, pues, de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Soportaos mutuamente y perdona​ os cuando alguno tenga motivos de queja contra otro” (Col 3, 12ss). La humildad y el perdón son como el lubricante que per​mite, día a día, disolver todo comienzo de herrumbre y abatir los pequeños muros de incomprensión y resentimiento, antes de que se conviertan en grandes muros que ya no se pueden derribar. Los esposos han de ser vigilantes, para que el “otro padre”, el bastar​do, no instaure entre ellos la lógica de la venganza, de la revan​cha… No hay que hacer caso a la voz que grita por dentro: ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que cede, el que se humilla? Ceder no es perder, sino ganar, vencer al verdadero enemigo del amor que es nuestro egoísmo, nuestro “yo”.