La familia ¿en el centro de la atención de la Iglesia?

familia en mejora

Reflexiones después de un Sínodo sobre la familia

Me da la impresión de que una de las mayores tentaciones de la Iglesia es quedarse mirando. Mirándose a sí misma (su organización, su historia, su doctrina, sus seguidores o detractores, etc…) o mirando a Dios, pero un Dios cosificado, idealizado, rígido, no ese Dios real y viviente que está continuamente mirando al hombre, ese Dios vuelto hacia el hombre, ese Dios que siempre está buscando al hombre en su realidad concreta y vital, a veces sangrante, a veces gozosa, hecha de materialidad y de espiritualidad, de los afanes concretos de supervivencia y de búsqueda de sentido de la vida y de felicidad.

Sabemos que la Iglesia “institucional”, su jerarquía, no es toda la Iglesia. La Iglesia somos todos los que seguimos a Jesús, seamos laicos o curas, monjas, obispos. La Iglesia somos todos; y en ella algunos tienen una función de servicio a los demás. Y de eso se trataría, de que sirvan, de que sean útiles, de que presten el servicio que Dios les pide y que los demás necesitan. Pero la Iglesia somos todos, no solo las jerarquías.

Bien, pues esta Iglesia que debe estar continuamente “en salida”, en actitud y actos de servicio, como dice tantas veces el Papa Francisco, se ha propuesto en los últimos años prestar especial atención a la familia, a las familias, a esa dimensión fundamental de la vida de cada uno de nosotros. Para eso se convocó y celebró un Sínodo, una reunión de todos los obispos, que tuvo dos partes fuertes: la asamblea extraordinaria de 2014 y la asamblea ordinaria de 2015. Como siempre, estas asambleas publican un documento que recoge las deliberaciones y las conclusiones y propone pautas de acción. Pero los documentos pueden quedarse en simple papel y bellos discursos llenos de intenciones y reflexiones. O pueden ser programas de acción, guías de nuestro obrar cotidiano y concreto.

Estas reflexiones que ofrezco ahora nacen de mi intento de pasar a la acción, gracias a la invitación que Dios nos hace de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia.

familia en dificultad

  1. Esto de poner a la familia en el centro de la mirada de la Iglesia, ¿es una corazonada pasajera, una moda? ¿O es realmente central, básico, estable?

La comunidad de los que creemos en Jesús vive en una continua tensión dinámica de mirar hacia Dios y hacia el hombre. De hecho, es la tensión en la que vive todo hombre, que no puede no mirarse a sí mismo, buscar su felicidad y realización, pero que percibe que eso lo logrará sólo saliendo de sí mismo, aceptando su dependencia de Dios y viviendo armónicamente su relación de fraternidad con los demás.

Como enseñan la antropología, la psicología y la sociología, el hombre nace, crece, se desarrolla, se realiza en relación con su entorno, con sus semejantes, en su familia. La vida familiar es tan determinante, que no hay ser humano sin familia, sin pater-maternidad, sin fraternidad, sin filiación, sin relaciones de afecto y parentesco.

Incluso la experiencia religiosa está muy marcada por la experiencia de la familia, no solo por lo que en ella aprende o no de la religión, sino porque al Dios Amor que nos ha creado lo experimentamos a través del amor incondicional de los demás. Quien no ha recibido en el seno de la familia el amor incondicional, protector, misericordioso, tiene serias dificultades para entablar una relación filial y de amistad con Dios. La familia es el nicho más cálido y satisfactorio para el hombre. Si falla la familia, falla el hombre.

No hace falta insistir en la importancia de la familia bien constituida y armoniosa. Pero sí es necesario detener la mirada del corazón y de la acción en esta realidad, pues con frecuencia dejamos de valorar, de cuidar, de mimar las cosas básicas, importantes, cotidianas. Precisamente este es el intento de la Iglesia al llamarnos la atención sobre este tema con el Sínodo: que el cuidado de la familia sea siempre prioritario, activo, constante. ¿Tarea difícil, imposible? Al menos hay que intentarlo.

2. ¿Qué dice el Sínodo?

El documento final del Sínodo se articula en tres partes: 1ª La Iglesia a la escucha de la familia; 2ª La familia en el plan de Dios y 3ª La misión de la familia.

La segunda parte es una recopilación de la doctrina de la Iglesia sobre la familia. Nada nuevo, doctrina tradicional, lo de siempre. Porque el hombre y la familia son lo que son desde siempre, por naturaleza. Con el pasar de los siglos la humanidad ha ido profundizando en el conocimiento de todas las realidades, incluidas las humanas y espirituales; pero esas realidades naturales no cambian, no han cambiado ni un ápice. Telegráficamente podríamos resaltar varios elementos de esta doctrina o concepción de la familia según la Iglesia: la centralidad del amor en el ser humano; el matrimonio como donación del hombre y la mujer en comunión total; características del matrimonio: fidelidad, indisolubilidad, apertura a la vida; la sexualidad como manifestación del amor; matrimonio natural y sacramental; dificultad de vivir en plenitud el amor familiar por la tendencia al pecado, al egoísmo; Dios rescata, eleva y plenifica el amor humano.

La tercera parte del documento expone algunas pautas de cómo la Iglesia debería renovarse para estar al servicio del hombre y de la familia. Son propuestas generales que hay que bajar a la práctica.

Pero ahora la parte que más me interesa ahora es la primera porque nos enseña a no tomar como punto de partida único y exclusivo la doctrina, el “deber ser”. Ciertamente no debemos perder esto de vista. Pero miremos, escuchemos primero la realidad, “lo que es, lo que hay ahora”, la familia como está, con sus sombras y luces, con sus dolores y alegrías. Mirar sin juzgar, mirar sin prejuicios, mirar no para ver lo que queremos ver, sino para encontrarnos, descubrir y valorar lo que hay en el mundo ahora.

3. La Iglesia a la escucha de la familia

¿Qué es y cómo está hoy la familia? ¿Qué dicen las familias de sí mismas? Eso es lo que la Iglesia, lo que los creyentes debemos y queremos escuchar. Bueno, pues escuchemos y miremos a las familias reales y concretas.

Como en el Sínodo no solo participaban obispos, sino también laicos muy implicados en las realidades familiares (ellos mismos familias, matrimonios, y también expertos en acompañamiento y terapias familiares), el documento final refleja -creo que bastante bien- la realidad de cómo están las familias hoy. Y además también hay que reconocer que muchos obispos sí son muy cercanos a la gente y conocen de primera mano las situaciones de la calle.

Todos, según las encuestas, valoramos mucho la familia y la consideramos como la institución más fiable y necesaria, pero luego no la cuidamos tanto como debiéramos. Todos buscamos y necesitamos los vínculos familiares pero éstos a la par sufren mucho por el individualismo y por la presión de situaciones laborales, culturales y políticas.

La cultura dominante en occidente exalta mucho el individualismo, la búsqueda del placer y la libertad como libertinaje. Esto trae como consecuencia la falta de compromiso en las relaciones, la poca capacidad de sacrificio, el desprecio de los derechos de los demás, es decir, vínculos flojos, familias poco estables, poco abiertas a la vida.

Hay además tendencias culturales fomentadas “interesadamente”, con fuerte sesgo ideológico: el feminismo exagerado (la mujer enfrentada al varón, y el varón enfrentado a la mujer, no en relación de paridad, complementariedad y mutua ayuda, sino en competencia desleal) y la ideología del “género” que ignorando la diversidad natural (biológica, psicológica y espiritual) del hombre y la mujer “construye” y da por buenos otros modos de relación.

Las condiciones socio-económicas no siempre son favorables a la familia: migraciones forzosas que desarraigan y separan familias; condiciones laborales que impiden a los cónyuges dedicar el tiempo, las energías y el afecto necesario para el matrimonio y los hijos; economía precaria para sostener a los hijos y a los mayores; pobreza extrema; explotación de la mujer y visión consumista de su cuerpo.

Desde el punto de vista moral y religioso, la vida íntima de las familias tiene muchas dinámicas que no siempre funcionan bien: madurar en el amor conyugal (pasar del enamoramiento y la atracción al amor como compromiso y entrega mutua tota); la aceptación de la debilidad de los otros (enfermedad física o psíquica, vejez o niñez); el esfuerzo por crecer juntos en los propios roles en la prosperidad y en la adversidad; el perdón y la mutua ayuda para vencer las debilidades; la generosidad para darse incondicionalmente.

Todo esto se va dando a lo largo de la vida de las personas y de las familias: soltería, noviazgo, maduración del matrimonio, llegada, crecimiento y partida de los hijos, viudez, orfandad, enfermedades, duelos, éxitos y fracasos laborales, vivencias religiosas y culturales, etc…

Hoy hay familias unidas y felices, con sus luchas, y hay familias que sufren mucho. En cada situación concreta hay amor y egoísmo, elecciones acertadas y equivocadas, actos heroicos y mezquinos. Cada familia está compuesta de seres humanos, y todos los seres humanos tenemos defectos y virtudes, momentos buenos y malos, somos capaces de lo mejor y de lo peor.

Hay familias que sufren por la infidelidad de uno o de los dos cónyuges, que han sufrido abandono o maltrato; hay familias monoparentales debido a causas muy variadas. Hay hijos nacidos de violencia o abandonados o abortados. Hay parejas homosexuales, hay poligamia. Hay matrimonios que se rompen o que han sido nulos. Hay engaños. Hay enfermedades psíquicas y fallos de maduración.

Hay presiones para no tener hijos y también a veces falta de educación y responsabilidad al tenerlos. Muchas familias cuidan con primor a sus seres queridos débiles y ancianos, otras los arrinconan o eliminan. Muchas familias constituyen un auténtico refugio ante adversidades económicas de parientes y amigos.

La legislación de algunos estados promueve y apoya la familia, y la de otros obstaculiza su función social humanizante.

4. ¿Qué hace o qué va a hacer la Iglesia por la familia?

Aunque la familia es un bien natural, es decir, que las personas no creyentes también la viven, la valoran y la defienden, a veces da la impresión de que la Iglesia, la comunidad de los creyentes, se queda sola en esta defensa y promoción de los valores familiares.

Que el amor entre un hombre y una mujer es el verdadero y único fundamento del matrimonio y la familia, que la vida es un derecho inviolable, que hay persona desde el momento mismo de la concepción, que el matrimonio es monogámico e indisoluble, etc… no son dogmas de la fe cristiana, son verdades de razón natural, y por eso la fe cristiana las respeta y defiende.

La experiencia religiosa además enriquece y potencia los valores familiares con un aporte muy significativo: Dios es amor, Dios es familia, y por eso nos enseña, anima y manda amar y defender el amor familiar. Pero no solo lo enseña desde lejos, sino que Dios en esa acción misteriosa e interior en cada hombre le lleva a necesitar y experimentar el amor como una fuerza maravillosa para vivir.

¡Qué bella y compleja es la familia! En ella hombre y mujer, adultos y niños, fuertes y necesitados, todos aportan y reciben, se apoyan y son apoyados. En ella no rige, o no debe regir, la ley de la competencia y del más fuerte, sino la ley del amor incondicional. Es un ideal excelso al alcance de todos, necesario para todos. Este proyecto y comunidad de amor tiene una riqueza tan grande que ilumina toda la vida del hombre. Por eso la Iglesia –y todo cristiano- debe esforzarse por sostenerla, alentarla y promoverla.

 

 

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«Spotlight». Los Oscar, el Papa y los abusos sexuales en la Iglesia

Por Jorge Enrique Mújica | jem@arcol.org

(Y hago mío pues me parece un análisis muy interesante)

Nadie esperaba que el Papa terminase en los Óscares de 2016 y, sin embargo, pasó. Entre los eufóricos momentos de la octagésima octava edición de los Óscares se encuentra la referencia que Tomas McCarthy, director de la cinta premiada como la mejor del año (Spotlight) hizo a Francisco: «Esta película dio voz a los supervivientes. Y este óscar amplifica esa voz, la cual esperamos se convierta en un coro que resuene y llegue hasta el Vaticano. Papa Francisco, es hora de proteger a los niños y restablecer la fe».

Corría el año 2002 cuando The Boston Globe publicó el resultado de semanas de investigación que evidenciaron la tratativa que la iglesia católica en Boston había dado al tema de abusos sexuales por parte de algunos miembros del clero. Aquella serie de reportajes obtuvieron el  «Premio Pulitzer» de periodismo al año siguiente. Y es precisamente el periodismo de investigación lo que está al centro de la cinta Spotlight. Comprensiblemente en la película ese tema central parece pasar a segundo plano al girar la investigación en torno a la pederastia clerical en Boston. De este modo la iglesia pasa también al lado antagónico de los sentimientos del espectador.

Un día después de los Óscares llegó una doble respuesta a McCarthy desde el periódico del Vaticano, L´Osservatore Romano: «No es una película anti católica», escribía Lucetta Scaraffia en uno de ellos, mientras que en el segundo Emilio Ranzato subrayaba que no es anti católica «porque no toca en sí al catolicismo, pero es probable que sea vista como una película contra la Iglesia porque su tono a menudo tiende a generalizar, generalizaciones inevitables cuando se tiene que contar historias en tan solo dos horas».

Por tanto lo primero que hay que reconocer a la cinta es que ha pasado al cine la historia de un encomiable trabajo periodístico en torno a un grave problema real de pedofilia entre algunos miembros del clero en Boston. Conviene subrayar lo de «algunos» porque no es justicia lo que después del Boston Globe hicieron tantas cabeceras de prensa al transmitir la impresión de que la pedofilia en la iglesia es un problema generalizado y exclusivo. Esto no es un decir sino realidad: en Estados Unidos el «John Jay College of Criminal Justice» mostró que entre 1950-2000 el tema afectó sólo al 4% de los sacerdotes. De entre ellos 149 sacerdotes concentraban el 27% del total de las denuncias. Obviamente esto no deja de ser grave pero sí redimensiona el problema.

La tendencia mundial ha sido visibilizar y maximizar los casos de abusos en la Iglesia y apenas dar cobertura a los que ocurren fuera de ella. Philip Jenkins, autor no católico de «Pedophiles and Priests», muestra que los abusos sexuales fuera de la Iglesia no son menos graves (no estaría de más recordar casos recientes como el de la británica BBC y su presentador Jimmy Savile quien cometió más de 700 abusos, la situación de las universidades americanas o algo tan poco sabido como el de los soldados de la ONU en África; curiosa y contrastantemente la BBC se ensañó con la Iglesia católica en ese campo y un Comité de la ONU pidió cuentas al Vaticano en este rubro que la ONU misma tenía reprobado).

Si bien hay que reconocer que Spotlight refleja un trabajo en torno a un hecho verdadero, también debemos decir que hay tendenciosidad al sugerir que el celibato es la culpa de los abusos en la Iglesia. La investigación del «John Jay College of Criminal Justice» evidencia que no es así.

La cinta también invita a pensar que la pedofilia fue favorecida por la actitud conservadora de la Iglesia en materia de homosexualidad y anticonceptivos lo que, según los periodistas del Boston Globe, habría favorecido un lugar de protección para pedófilos. Este punto resulta un tanto hipócrita y no puede achacársele a la Iglesia sino al permisivismo moral del tiempo: en las décadas de los 70´s y 80´s el clima de liberación sexual promovido y tolerado en la sociedad era precisamente el licencioso. ¿Se puede olvidar que –botón de muestra– un grupo político en Alemania, el verde, y otro en Holanda proponían y promovían la legalización de la pedofilia?

Un tercer elemento que Spotlight sugiere es que la Iglesia hizo poco para combatir la pedofilia. En este campo L´Osservatore Romano contesta de forma benévola al limitarse a decir que la narrativa del filme «no profundiza en la larga y tenaz batalla que Joseph Ratzinger, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y como Papa, emprendió contra la pedofilia en la Iglesia».

La verdad es que la película tiene una historia y en esa historia no se incluye lo que era el fin de la investigación de los periodistas del Boston Globe: que la situación cambiara a raíz de la visibilidad del modo errado de haber gestionado el tema de la pedofilia entre el clero de la arquidiócesis de Boston. ¿Y pasó algo realmente? Sí. El mismo año los obispos americanos vieron la necesidad de una política y respuesta común para este tipo de casos. Fue así que nació la «Carta para la protección de niños y jóvenes». Este documento supuso procedimientos uniformes en torno a las denuncias de abusos pues antes de 2002 cada diócesis se las arreglaba por su cuenta. Una de esas medidas fue la así llamada «tolerancia cero». A largo plazo también ha habido consecuencias: para 2015 casi dos millones y medio de adultos y casi cuatro millones y medio de niños han recibido formación por parte de la Iglesia católica y sus instituciones para detectar y reportar abusos sexuales.

Ya antes del Óscar, y ahora mucho más con él, no han faltado quienes han querido remontarse a gestiones deficientes del pasado para reflejar con eso una situación actual que en realidad ya no corresponde a la del hoy en la Iglesia.

Un reflejo de la madurez con que hoy este campo es abordado en la Iglesia católica lo constituye, por ejemplo, el hecho de que Spotlight haya  sido vista por los miembros de la Comisión Pontificia para la Tutela de menores en una proyección privada el 4 de febrero de 2016 (por cierto, esta comisión fue instituida por el Papa al que McCarthy interpela a actuar). El actual arzobispo de Malta y anterior promotor de justicia la Congregación para la Doctrina de la Fe  (el «juez» encargado de procesar a los sacerdotes culpables y de investigar a los acusados) declaró al diario italiano La Repubblica que «Esta película la deben ver todos los obispos y los cardenales, sobre todo los responsables de las almas, porque deben entender que es la denuncia la que salvará a la Iglesia, no la ley del silencio».

Consejo oportuno del arzobispo maltés que también podría valer para  periodistas y medios de comunicación, especialmente para los que aplican otra forma de «ley del silencio» a curas y obispos acusados falsamente. Ha sucedido con el caso Max Davis, obispo castrense de Australia, a quien los tribunales del país de los canguros y de los koalas han absuelto de imputaciones en este campo y al que tanta tinta de escarnio dedicaron los periódicos incluso fuera de la isla. Tras la absolución el silencio ha sido ensordecedor.

La historia detrás de Spotlight dejó a la Iglesia católica una enseñanza convertida en beneficio para todos a partir del caso de Boston pero las lecciones se extienden al hoy del periodismo cotidiano: cuando el periodismo se hace con rigor beneficia a la sociedad y también a las instituciones. Ciertamente no cualquier «periodismo» sino el auténtico, el que contrasta, coteja fuentes, profundiza y publica hasta tener certeza de las cosas.

«El hecho de que de la ceremonia de los Óscares –recogía L´Osservatore Romano– haya salido un llamamiento al Papa Francisco para que combata este flagelo debe ser visto como un signo positivo: hay aún confianza en la Institución, hay confianza en un Papa que está continuando la limpieza iniciada por su predecesor ya como cardenal. Hay aún confianza en una fe que lleva en su corazón la defensa de las víctimas, la protección de los inocentes». Buen comienzo de imitación del trabajo del Boston Globe podría iniciarse investigando precisamente este recorrido. Sería no sólo lo que «Spotlight» enseña a los medios de comunicación sino también la estafeta que a modo de reto les dejan como tarea. Después de todo McCarthy, hijo de padres católicos practicantes, exhortó a «restablecer la fe». ¿Alguien puso atención en esa parte?

A ese Cristo que me enamora, lo encuentro en el RC

rostro de cristo 5 caminando juntos

Como cristianos levantamos constantemente nuestra mirada a Cristo, y nos mantenemos así, mirando a Cristo, buscando a Cristo, dejándonos mirar y buscar por Él, por su amor. Y si esto lo debemos hacer siempre, más aún en este día en que celebramos una fiesta muy especial: Cristo Rey, Cristo centro de nuestras vidas, Cristo Rey y centro de todo, del universo. Es nuestra fiesta patronal, del Regnum Christi y de los legionarios de Cristo, y esto es para nosotros motivo de inmensa alegría y de compromiso. Y además en este año que celebramos los 75 años de vida como comunidad evangelizadora.

  1. Miremos a Cristo, a ese Cristo que nos conquista y nos enamora con esa entrega suya tan total.

Ese Cristo de amor misericordioso, de mirada comprensiva. Ese Cristo que viene a salvar, no a juzgar ni a condenar, sino a dar su vida por nosotros. Ese Cristo que nos tiende una mano y nos levanta, que con su mirada serena y comprensiva nos rescata y nos dice: Tú vales mucho para mí, por ti muero en la cruz. Ese Cristo que toma muy en serio nuestra libertad y nuestro amor, que nos respeta pero también nos pide compromiso y amor real, como buen amigo .Cristo coronado de espinas y flagelado, débil y humilde, servidor, no arrogante. Ese Cristo que pasa suavemente a mi lado y me llama con voz cálida: Ven y sígueme.Ese es Cristo, el Cristo que me enamora porque me ama profundamente. El Cristo que conquista mi corazón con su amor tierno, misericordioso, comprometido.

Miremos a Cristo. No quitemos la mirada de Cristo, y aprendemos a mirar a todos como Cristo los mira.

Ese Cristo alegre que va por los caminos de Galilea y de Argentina llamando y buscando a los pecadores para que se conviertan, para que vuelvan a Dios. Que pasa por Galilea y por Argentina llamando discípulos para que estemos con Él, para que le conozcamos, para que nos enamoremos y para que seamos sus misioneros.

Ese Cristo amoroso, porque ama mucho y así conquista nuestro amor. Ese Cristo que no se impone sino que se propone. Así está ante Pilatos, como hemos escuchado ahora en la lectura del evangelio.

Ese Cristo que es Maestro de vida, que nos enseña no con largos discursos sino con su ejemplo de entrega total en la cruz y en la Eucaristía.

Estamos celebrando la Eucaristía, la santa misa, el sacramento de su presencia. Y aquí, les invito a que contemplemos a Cristo, que nos quedemos un ratito mirándolo.

2. A este Cristo lo encontramos y lo seguimos y lo transmitimos en una comunidad, en esta comunidad Regnum Christi.

A este Cristo nos lo presentan y nos hablan de Él nuestros sacerdotes, religiosos, consagradas, catequistas, nuestros padres. ¡Qué importante es que los que tienen que transmitir a Cristo primero lo hayan experimentado de verdad en su corazón! Transmitir la fe, transmitir el amor es mucho más que enseñar en catecismo, es enseñar a vivir con amor en toda la vida, en todos los aspectos de la vida.

Algunos pertenecemos a esta comunidad como sacerdotes legionarios de Cristo, otros como consagradas laicas, otros como laicos comprometidos y otros como amigos que participan de esta espiritualidad y modo de seguir a Cristo.Y esta comunidad está –estamos- celebrando ahora los 75 años de su inicio, y por eso el Papa Francisco nos ha concedido un año jubilar con indulgencia plenaria si realizamos algunos actos buenos, como está en la hoja que tienen.

Uno de esos actos es renovar nuestro compromiso personal con Cristo. Y para ello ahora primero los sacerdotes junto con las consagradas vamos a renovar nuestros votos. Y luego ustedes, laicos, pueden renovar su compromiso. En la hoja que tienen, está la oración de renovación. Quien ya hizo formalmente en su día este compromiso lo puede renovar. Quien no lo ha hecho, puede ver en qué consiste y también rezarlo.

Esta comunidad que ha generado varias obras de evangelización, como este colegio Oakhill, el colegio Mano Amiga, Juventud y Familia Misionera, Escuela de la Fe, Edificar la Familia, Anspac, Virgen Peregrina y otras muchas iniciativas en muchos países, que sirven y ayudan para conocer, amar y seguir mejor a Jesucristo.

A mí, a muchos de nosotros, nos han enseñado y transmitido a Cristo en esta comunidad del Regnum Christi, de los legionarios de Cristo. En esta comunidad yo he conocido a Cristo y he aprendido a amarlo y a seguirlo, y esta comunidad me ayuda a seguirlo y a cumplir su mandato de ir por todo el mundo a predicar su evangelio.

A Dios, a Cristo, lo encontramos y lo vivimos a través de la Iglesia, a través de nuestra familia –iglesia doméstica-, a través de nuestra parroquia, de nuestro colegio, a través de esa comunidad cristiana que me arropa y envuelve y me protege y me nutre. Por eso es tan importante la comunidad.

(Homilía en el Colegio Oakhill, Pilar, Buenos Aires, 21 noviembre 2015)

Sonreír y cantar, porque Cristo está en el centro de mi vida

rostro de cristo 6 ven y síguemeHace unos días un profesor subía las escaleras del edificio de secundaria canturreando una canción, no sé cuál era. Iba alegre cantando, sonriendo. ¿Por qué cantas? Le pregunté. No es normal ver a un adulto subir las escaleras de su lugar de trabajo cantando.

A veces pensamos que en la vida tenemos que ser serios, sin sonreír, sin reír. Algunos tienen envidia de los que van alegres, de los que disfrutan la vida, la amistad con Dios y con los demás, de los que se sienten dichosos porque son amados y queridos por Dios y por los demás.

Algunos piensan que ser cristianos es sacrificarse mucho, sufrir mucho, flagelarse, llorar todo el tiempo, estar siempre muy serios y sombríos. Y eso no es verdad, porque Jesús nuestro maestro no era así.

Los fariseos, como vemos en el evangelio que hemos escuchado, quieren que los discípulos de Jesús haga ayuno, estén siempre muy serios con la cabeza baja y con mala cara de no comer. Y Jesús les dice que sus amigos no deben ser así.

Jesús ha venido al mundo para que todos encontremos alegría, esperanza, ilusión. Cristo vino al mundo para hacer nuevas todas las cosas, para traer amor, alegría, paz, plenitud.

Es verdad que para vivir como Jesús vivió también tenemos que pasar, como Él, por la cruz, por el desprendimiento de nosotros mismos, por la abnegación de nuestro egoísmo y orgullo y pereza. Pero ante todo tenemos el amor de Dios, que es nuestro Padre, amigo y maestro. Él nos ama y nos cuida y nos da todo lo mejor. Si estamos con Jesús no podemos estar tristes ni decaídos ni abatidos, ni siquiera cuando tenemos dificultades, aunque es normal y humano que en muchos momentos sintamos tristeza. Pero Él nos da su gozo, su fuerza. Él nos enseña a amar y nos da fuerza para amar.

Por eso nosotros, seguidores y amigos de Jesús, tenemos que mirarlo a Él, contemplarlo a Él, fijar en Él nuestra mirada y nuestras ilusiones, para qué Él sea nuestro Rey y modelo, el centro de nuestro corazón, de nuestra vida, de nuestra familia.

Cristo Jesús nos sostiene, nos inspira, nos fortalece. Si estamos con Él, nada malo nos puede pasar, y todo lo que nos pase será bueno y fuente de alegría.

Por eso en este colegio tratamos de aprender a mirar a Jesús, a ser amigos de Jesús, tratamos de imitar a Jesús. Y Jesús era un hombre alegre, verdadero Dios y verdadero hombre alegre, generoso, entregado.

Yo me lo imagino caminando por Galilea canturreado por los caminos, bromeando con sus discípulos, sonriendo a todos los que curaba y a los que hacía el bien. Hacer el bien da alegría y paz.

Homilía, viernes semana XXII tiempo ordinario. (Lc 5, 33-39 y Col 1, 15-20)

Amor comprometido

manos

Introducción: “Docente del alma”.

Hemos iniciado el curso 2015 y como comunidad educativa del colegio Oakhill nos preguntamos: ¿en qué educamos, para qué enseñamos, qué vamos a hacer con estos niños y niñas y sus familias? ¿Qué vamos a hacer nosotros?

¿Vamos simplemente a pasar el tiempo, a dejar que caigan las hojas del calendario esperando unas nuevas vacaciones? ¿Vamos a “sobrevivir” este 2015, que –dicen- será duro? ¿O vamos a vivirlo con intensidad, con amor? ¿Vamos a ayudar a estos niños y jóvenes a ser mejores; vamos a aportar a nuestra patria y al mundo unos humildes granitos de arena, humildes pero limpios y frescos, que vayan construyendo poco a poco un gran edificio?

Creo que todos queremos a vivir y a aportar a los demás el Gozo del Evangelio, la alegría de disfrutar del amor de Dios y de los demás.

Somos una comunidad educativa católica. Estamos aquí porque compartimos una vocación y una misión como creyentes y educadores, como educadores-creyentes. El Papa Francisco, en la exhortación “El Gozo del Evangelio”, nos sugiere unas pistas de reflexión muy ricas:

  1. (…) La tarea evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre horizontes espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del Espíritu, nos saca de nuestros esquemas espirituales limitados. Simultáneamente, un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial, que desborda y refresca a los demás. Sólo puede ser misionero alguien que se sienta bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros. Esa apertura del corazón es fuente de felicidad, porque «hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35). Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad. Eso no es más que un lento suicidio.
  2. La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo.
  3. Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres![1]

Como dice el Papa, somos “el docente del alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y ser para los demás”.

La familia en primer y destacadísimo lugar, y después la escuela, es el ámbito donde cada persona es amada y aprende a amar. Y esto se realiza no por grandes discursos o teorías, sino por esos pequeños y continuos actos de amor, de atención, de compromiso. Aquí generamos esas acciones de amor, formamos para la vida, inculcamos formas de vida.

La virtud de este año 2015: el amor comprometido.

Como comunidad educativa católica cada año nos proponemos profundizar y enriquecer nuestra vida con una virtud en la que nos fijamos de modo especial, para que nos sirva de inspiración y de foco en nuestra labor formativa.

En el 2014 nos propusimos el amor incondicional, como base y centro de todo: amor incondicional a cada persona, porque cada uno es digno de nuestra entrega, porque cada uno es hijo de Dios y hermano nuestro.

Para este 2015 queremos tomar otra faceta del amor cristiano. La incondicionalidad nos lleva al compromiso: porque amamos incondicionalmente a cada persona, nos comprometemos también con ella a buscar por todos los medios posibles lo mejor para ella. El amor si es auténtico, lleva a la entrega concreta y real, a buscar el bien de la persona con el sacrificio de uno mismo por el amado, como hizo Cristo por nosotros.

Esta virtud del año será como el hilo conductor y la guía de los encuentros formativos de la comunidad docente. Como ya saben, para los alumnos tenemos un programa de virtudes que se adapta a las necesidades de cada nivel, según su desarrollo evolutivo.

Calidad de vida: calidad de amor.

No es un alarde romántico afirmar que lo principal de la vida, de la persona, es su amor. Eres lo que amas; no lo que comes, ni lo que vistes, ni en lo que te desplazas. No eres la marca de ropa que llevas. ¿Amas mucho, amas bien, amas grandes cosas y personas? Eres una gran persona, eres una buena persona, eres feliz y pleno.

Porque el amor no es romanticismo, sentimiento; es eso y más, y mucho más. Porque cada persona no es solo su emotividad, lo que siente. Inteligencia, voluntad, sentimientos, libertad, condicionamientos genéticos, influencias familiares y sociales… todo esto conforma el complejo puzle de cada persona.

El amor es inspirador, arrebatador, capaz de heroísmo, de belleza, de ilusión, de constancia y perseverancia.

Tiene iniciativa, inventiva, dinamismo, no se conforma con lo que hay, busca más y lo mejor para el amado. Es operante: “obras son amores y no buenas razones” decía Santa Teresa de Ávila aplicando el evangelio a la vida concreta y real de cada día.

¿Qué nos dice Jesús en el evangelio sobre el amor comprometido? Solo entresaco algunas líneas.

Primero vemos que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, nos manifiesta el amor misericordioso, inmenso de Dios; un amor muy concreto, muy comprometido, que le lleva a involucrarse de lleno con los hombres:

  • “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16 y 17).
  • “Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19).
  • “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 10 y 11).
  • “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13, 1).
  • “Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 13-15).
  • “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 13-15)[2].

Juan y Pablo, primera generación de cristianos, de discípulos de Jesús, experimentaron y vivieron ese amor fuerte de Dios:

  • “Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2, 20).
  • “Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2 Corintios 8, 9).
  • “Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Filipenses 2, 6-8).
  • “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4, 10 y 11).

Y Jesús también nos pide a nosotros una respuesta de amor, amor comprometido como el de Él:

  • “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21).
  • “No todo el que me diga: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7, 21).

Cualidades del amor. El amor auténtico es:

  • Incondicional: querer a la persona por ella misma, no por interés.
  • Misericordioso: saber comprender y perdonar, aceptar a la persona como es, no como yo quisiera que fuera.
  • Enérgico, proactivo, trabajador, fuerte[3].
  • Comprometido, vinculante porque crea vínculos.
  • Generoso, entregado, valiente.
  • Gozoso, alegre, inspirador.

El compromiso

Hace unos meses (18 noviembre 2014) el Papa Francisco, en una intervención en un simposio de jóvenes contra la prostitución y la trata de personas, recordó una anécdota contada por el humorista Luis Landriscina (aunque la anécdota es clásica): “La vaca cuando nos da la leche colabora para nuestra alimentación. Se da la leche y se hace el queso, y entonces hacemos un sándwich. Pero un sándwich de queso es un poco soso, entonces hay que ponerle jamón. Vamos a ver al chancho, y el chancho para hacer jamón no colabora, da la vida, se compromete”. El Papa explicó que “comprometerse es dar la vida, es jugarse la vida, y la vida tiene sentido solamente si uno está dispuesto a jugarla, a hacerla correr para el bien de los demás. A mí me gusta ver a tantos jóvenes que estén con esas ganas de comprometerse”.

El amor comprometido nos hace gozar y también nos hace sufrir: los padres que gozan ver crecer a sus hijos, verlos madurar y ser independientes, pero también sufren cuando se van, cuando enferman, cuando tienen que luchar por salir adelante.

El compromiso a veces nos asusta, porque no queremos sentirnos atados, encerrados, amarrados a algo o a alguien; sentimos que nos va a quitar libertad, que nos va a obligar y a coartar. Y eso no nos gusta, tal vez nos aterra. Pero no todos los lazos son malos; al contrario, algunos son muy buenos, y gracias a Dios que los tenemos y estamos “enlazados, vinculados, atados”.

El escalador que va en la cordada atravesando grietas y abismos, está tranquilo y seguro porque va bien atado. El hijo que es abrazado fuertemente por su padre o su madre está confiado a pesar de los peligros. Quien se asoma a un precipicio, pero siente la fuerza de la barandilla que le impide avanzar pero que también lo contiene, puede disfrutar del amplio paisaje. El operario que trabaja en un andamiaje alto, está confiado en los arneses que los sustentan.

escalador

Y así podemos decir también de la vida misma: una vida comprometida, sufrida, trabajada, orientada, amante, es más plena que la vida superficial, no comprometida, suelta, mariposeando… Lo importante es acertar en los vínculos, en las ataduras, en los compromisos.

Todos conocemos matrimonios que celebran con gran regocijo el aniversario de su compromiso; y otros que no lo recuerdan, o lo recuerdan con pena. Y vemos personas que en su profesión trabajan con ilusión, con garra, porque están comprometidos con su empresa, con su familia, con sus clientes, con la sociedad; y ese trabajo les reporta mucho más que un sueldo: les reporta satisfacción personal y transcendencia.

El amor verdadero lleva a ligarse, a comprometerse para siempre con la persona. Con una persona no se puede jugar al “ahora sí te quiero, ahora no”. Una persona quiere y es querida con incondicionalidad y definitividad: “para siempre”, “para toda la vida”, “hasta que la muerte nos separe”.

El Papa Francisco nos pone en guardia contra la alergia al compromiso:

  • El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales. Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos «mutuamente a llevar las cargas» (Ga 6,2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural (El Gozo del Evangelio, n. 67).

abismo

Cuando se ama de verdad a alguien, no se puede dejar de pensar en la persona a la que quieres: las madres en sus hijos, una pareja de enamorados, Dios en nosotros). Amar es estar vinculado, atado, pendiente.

Enseñar el compromiso

La tarea principal del educador consiste en ayudar a crear buenas vinculaciones, ayudar en ese aprendizaje vivencial que es aprender a amar y ser amado. En la escuela se pueden establecer vínculos muy valiosos:

  • El amor a la verdad: compromiso por buscarla siempre y en todo, como condición indispensable para afrontar la vida con realismo, sin engañarnos ni engañar a otros. Jesús nos dijo: “La verdad (vinculación a la realidad) os hará libres” (Jn 8, 32).
  • El amor a la belleza, a la armonía, al orden. Cultivar la sensibilidad y acostumbrarla a lo bello; que lo sepa valorar, disfrutar y promover.
  • El amor al bien, a lo bueno para sí mismo y para los demás: lo justo, lo honesto, lo provechoso para todos. Disfrutar haciendo el bien y ayudando a los demás.
  • El amor incondicional y comprometido a las personas: a los compañeros, a los maestros, a los más necesitados… Acostumbrarse a trabajar en equipo, a salir en defensa del débil o necesitado, a abrirse a los demás y compartir todo, a perdonar los errores y equivocaciones de los demás.

Si es importante vincularse y comprometerse con los ideales y valores transcendentes, muchísimo más lo es con las personas. Esto se ejercita y acrecienta en la familia y en la escuela principalmente. Cuando se encuentra un amigo, se encuentra un tesoro, dice la Biblia.

Los vínculos se crean con repetición de actos

Como comunidad educativa católica, ayudémonos todos a comprometernos con el bien, la verdad y la belleza que hay en cada persona, en todas las personas.

Cada vez que me esfuerzo por estudiar y conocer mejor el mundo (físico, social, político, interpersonal), cada vez que colaboro con un compañero, cada vez que me intereso por la belleza de la naturaleza y del arte, cada vez que salgo de mí mismo y dejo que los demás entren en mi vida, cada vez que disfruto de la amistad que es dar y recibir, cada vez que encuentro paz al transcender de mí mismo, cada vez que descubro cuánto me ama Dios y tantos talentos que me ha dado, cada vez que respeto al maestro y al compañero y los quiero como son, cada vez que colaboro en las tareas de casa y del grupo, cada vez que amo con obras a los demás… en cada uno de esos momentos estoy vinculándome a un gran amor que me hacer crecer y mejorar como persona. Eso me hace ser cada vez más una mejor versión de mí mismo.

Como comunidad educativa católica, ayudémonos todos a comprometernos con el bien, la verdad, la belleza que hay en cada persona, en todas las personas.

Recomiendo ver esta historia de un hombre comprometido con su familia y sus alumnos: https://www.youtube.com/watch?v=OSrrZGOYU6″

[1] Los resaltados en negrilla son míos.

[2] Y otras citas más, puede ser estas:

“Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada” (Jn 17, 12 y 13).

“Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 24-26).

“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15, 9 y 10).

[3] “El amor es fuerte como la muerte, como el abismo” No es una canción, sino la Biblia: Cantar de los cantares, 8, 6-7

La medalla (un cuento para pensar la religión)

medalla

El hombre se encuentra solo, perdido y lleno de temores en medio de este vasto universo.

La buena religión le hace audaz. La religión superficial no orienta el corazón. La mala religión aumenta sus temores.


Había una madre que no conseguía que su hijo pequeño dejara de jugar y regresara a casa antes de anochecer. De modo que, para asustarle, le dijo que el camino que llevaba a su casa era frecuentado por unos espíritus que salían tan pronto como se ponía el sol. Desde aquel momento ya no tuvo problemas para hacer que el niño regresara a casa temprano.

Pero, cuando creció, el muchacho tenía tanto miedo a la oscuridad y a los espíritus que no había modo de sacarle de casa por la noche. Entonces, su madre le dio una medalla y le convenció de que, mientras la llevara consigo, los espíritus no podrían hacerle ningún mal en absoluto.

El muchacho, fuertemente asido a la cadena de su medalla, perdió el miedo a adentrarse en la oscuridad y salía de casa para hacer diabluras con los amigos al amparo de la noche. Al inicio eran cosas inocentes; luego perdió el respeto a todo.

Un día un sacerdote le enseñó que en la medalla había un rostro y una casa. “Ese hombre es tu modelo, le dijo, y la casa no es esa a la que debes volver, sino la que debes construir”.

Cuando fue un hombre maduro, se dio cuenta que el rostro era el de Cristo y que ahora lo llevaba dentro del corazón.


La mala religión usa la medalla como un fetiche.

La religión superficial es escéptica ante los espíritus, buenos y malos.

La buena religión muestra que lo importante es que Dios reine en el corazón.

Texto inspirado (retocando bastante) en el cuento “La medalla”, de Anthony de Mello, El canto del pájaro, pág. 85.


Amistad

el valor de la amistad

El filósofo griego Sócrates aseguraba que prefería un amigo a todos los tesoros del rey Darío. Para el poeta latino Horacio, un amigo era la mitad de su alma. San Agustín no vacilaba en afirmar que lo único que nos puede consolar en esta sociedad humana tan llena de trabajos y errores es la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros los verdaderos amigos. El ensayista español Ortega y Gasset escribía que una amistad delicadamente cincelada, cuidada como se cuida una obra de arte, es la cima del universo. Y el propio Cristo, ¿no usó, como supremo piropo y expresión de su cariño a sus apóstoles, el que eran sus amigos porque todo lo que ha oído a su Padre se lo dio a conocer?

Definición de amistad

La amistad es la virtud que nos lleva a una relación sólida, profunda, desinteresada y recíproca con otra persona. Relación basada en intereses y metas comunes que no se acaba con el tiempo o la distancia y que lleva a ambas partes a enriquecerse mutuamente, a ayudarse a crecer como personas, a desarrollar todas sus potencialidades y a superarse en la vivencia de la virtud.

Aristóteles hablaba, hace ya muchos siglos, de tres condiciones para que exista la amistad:

  1. querer el bien del otro, apreciarle por lo que es en sí mismo y desear que sea feliz, que triunfe, que se realice plenamente.
  2. que el otro quiera mi bien, me ame a mí como yo le amo a él.
  3. que haya conocimiento del mutuo afecto, que se sepa por las dos partes que hay amor.

Volvamos a escuchar a Aristóteles. Para él, no es verdadera la amistad basada en el placer, como tampoco lo es la que se construye sobre la utilidad.

El camino para lograr la verdadera amistad que todos desearíamos es difícil y arduo. Inicia cuando uno deja de ser el centro de su vida y empieza a girar en torno al otro. Cuando uno, como repetía Aristóteles, llega a ser “virtuoso”, bueno, desinteresado, capaz de dejar egoísmos o avaricias para ganar y ser más gracias al amor.

La amistad se da entre iguales, entre dos personas que se ven iguales y se tratan siempre como iguales.

¿Por qué nos interesa formar la virtud de la amistad?

  1. Porque la vivencia de la amistad implica la vivencia de otras virtudes como son la generosidad, sinceridad, disponibilidad, fidelidad, comprensión, confianza mutua, honestidad, entrega, compromiso, servicio y respeto, dando siempre lo mejor de uno mismo, virtudes todas muy importantes y necesarias para la vida de cada persona.
  2. Porque una buena amistad lleva a ambas partes a ayudarse a crecer, enriquecerse, ser mejores, desarrollar todas sus potencialidades y superarse en la vivencia de la virtud.
  3. Porque para poder tener buenos amigos primero hay que ser buen amigo, es decir, darse a los demás, siendo sincero, respetuoso y generoso. Es una condición para formar la amistad.
  4. Porque la fidelidad en la amistad lleva a la superación mutua y a trabajar para construir y fortalecer cada vez más la amistad.

Lo que facilita vivir la amistad

  • Una personalidad comunicativa y amable; el temperamento jovial y alegre.
  • La bondad sincera, el deseo de hacer el bien y preocuparse por los problemas de los demás.
  • La sinceridad y la franqueza.
  • El deseo natural de pertenecer a un grupo y ser aceptado.
  • El temperamento extrovertido tendrá más facilidad para lograr esto pues se relacionará más fácilmente.
  • La capacidad de comprensión y compasión en las mujeres favorece una amistad sólida y profunda.
  • La capacidad de asimilar reglas les permite ya participar en actividades que pueden favorecer el surgimiento de nuevas amistades.
  • La estabilidad emocional y la disminución del egocentrismo.
  • La lealtad porque es la virtud que ayuda a la persona a mantener, aceptar y trabajar por los vínculos con el amigo.
  • La generosidad que ayuda a trabajar por el bien del otro, teniendo en cuenta lo que necesita para ser mejor siempre con una actitud de servicio.
  • El pudor porque controlará la entrega de aspectos de su intimidad y favorecerá el respeto hacia la propia persona y hacia los demás, requisito indispensable para una verdadera amistad.
  • La comprensión ayudará a ver la vida desde la perspectiva del otro.
  • La confianza y el respeto conducen a mostrar interés y creer en el amigo y en sus posibilidades de mejorar continuamente.

Qué dificulta la vivencia de esta virtud

  • Los temperamentos tímidos o introvertidos pueden llevar a tener pocas amistades.
  • Los temperamentos egocéntricos que prefieren recibir que dar.
  • El temperamento intolerante o egoísta.
  • Las personalidades orgullosas, altaneras o quisquillosas porque incapacitan para el autoanálisis y la reflexión sobre sí mismos.
  • La cavilosidad o la envidia propias de la psicología femenina pueden entorpecer el logro de esta virtud como algo sólido y estable.
  • La inquietud por tener muchos amigos, la superficialidad más propia del hombre, y el afán de reconocimiento social porque pueden empobrecer esta virtud.
  • La propuesta egoísta y narcisista de vida que propone el mundo puede dificultar la vivencia de una verdadera amistad.
  • La pretensión de dominar al amigo y de adaptarle a mis planteamientos y necesidades.

Utopías de la amistad

  • Tener un millón de amigos, cuando realmente tenemos capacidad para tener unos pocos buenos amigos, y muchos conocidos.
  • Pretender que la amistad sea para siempre; decae cuando hay distanciamiento.
  • Pretender armonía perfecta y total entre los amigos, una similitud total.

Seis pilares sostienen la verdadera amistad:

  • El respeto a lo que el amigo es y como el amigo es.
  • La franqueza, que está a media distancia entre la simple confianza y el absurdo descaro.
  • La confidencia o intimidad espiritual compartida.
  • La generosidad como don de sí, no como compra del amigo con regalos.
  • La aceptación de fallos.
  • La imaginación, para superar el aburrimiento y hacer fecunda la amistad.
  • La apertura.

La amistad con Cristo

Jn 15, 12 “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

Jesús lloró por su amigo Lázaro Jn 11, 35 “Jesús se echó a llorar. 36 Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería»”.

“Si Jesús está contigo, no podrá dañarte ni derrotarte ningún enemigo espiritual. Quien halla a Jesús, a su amistad y enseñanzas, halla el más rico tesoro. El mejor de todos los bienes. Pero quien pierde a Jesús y a su amistad, sufre la más terrible e inmensa pérdida. Pierde más que si perdiera el universo entero. La persona que vive en buena amistad con Jesús es riquísima. Pero la que no vive en amistad con Jesús es paupérrima y miserable. El saber vivir en buena amistad con Jesús es una verdadera ciencia y un gran arte. Si eres humilde y pacífico, Jesús estará contigo. Si eres piadoso y paciente, Jesús vivirá contigo… Fácilmente puedes hacer que Jesús se retire, y ahuyentarlo, y perder su gracia y amistad, si te dedicas a dar gusto a tu sensualidad y a darle importancia exageradamente a lo que es material y terreno” (Kempis, Imitación de Cristo, II, 8).